Visita silenciosa

Yo habría suplicado por el beso.  Ella presintió mi deseo y apresuró la caricia de sus labios sobre mi mejilla derecha, luego en el oído me pidio silencio – Ámame con tu silencio y déjame fugarme a través de tus ojos.  La seguí por los lugares de la casa, ella fue a la sala, se sentó un rato en la silla en al que me acomodo a ver televisíón diariamente, fue al cuarto de estudio, tomo todos los libros de la biblioteca y los tiró por el piso, acunados como gotas de licor en cada rincón posible, paseó por la cocina y reprochó las cervezas en la nevera.  Agitó agua sobre las plantas y mientras caminaba desde la sala hacia el cuarto fue desnudándose y dejando sus ropas extendidas sobre las baldosas.

En el cuarto buscó la cama, acertó recostándose en el lugar que habito desde el sueño cada noche, poco a poco fue descubriendo las sábanas, allí se quedó unos minutos cubierta totalmente.  – Aún me miras? Preguntó al lanzar la cobija al pie de la cama.  Se levantó para ir hasta el closet, sacar una de mis camisas con la que cubrió sus senos, sonrió ampliamente mientras se la colocaba. Volvió a la cama, me advirtió que dormiría media hora, yo no debería dejar de observarla.  Se cubrió de sueño, yo estuve inmóvil, apenas respirando y parpadeando suavemente.

Despertó tranquilamente y me miró para pedirme un café.  Cuando volví con el café, la cama estaba tendida y ella vestía uno de mis boxer, la camisa llena de su perfume estaba colgada en el closet.  Mientras bebía el café me narraba sus hisotrias diarias, espero a que terminar de beber el mío y me dio del suyo para que lo terminara.  Preguntó por mis cosas y ella misma las respondió.  – Trae mi ropa. Su ropa había incubado ausencias y los minutos se alargaron mientras la buscaba debajo de los muebles, para mi sorpresa encontré su brasier junto a las frutas en el comedor.  El agua de la ducha la acompañó mientras yo buscaba las prendas con las que ella había llegado, al volver al cuarto ella estaba desnuda esperándome, le pase cada prenda y ella se vistió sin prisa.

– Soñé que hacía el amor contigo, fue hermoso.  Me confesaba el sueño que había tenido mientras yo la observaba dormir en mi cama.  – No cambies las sábanas, ahí están el aroma de mi cuerpo, mi perfume, y la humedad con la que terminó mi sueño.  Repasó los espacios de mi cuarto, buscó lecturas inconclusas en las mesas junto a la cama, cambio la ubicación del portarretrato en el que tengo la foto de una mujer anónima, se detuvo ante la ventana, abrió la cortina y me indicó cuál ruta había tomado para acercarse.  – Una de tus camisas abandonó a uno de sus botones.  Estuve a punto de romper la promesa de silencio pero ella hizo un gesto de asombro y con su mano subo cerrar mi boca.

Nos acogimos en un abrazo, me recordó que debía salir  prontamente.  En la puerta, después de repetir el beso en la mejilla me dijo – Dejé una nota para tí en algún lugar, búscala y me llamas cuando la encuentres.

Estuve varias horas desatando cada uno de los pasos que había dado ella, la cocina, la sala, el comedor, el baño, el cuarto, incluso moví las cortinas. A las nueve de la noche, sin haber encontrado su nota, fui a la nevera a sacar una cerveza, fui con ella a la sala, me senté en la silla de siempre, cuando levanté la lata descubrí el papel pegado debajo de la misma.  – No bebas hoy. Ve a la cama y ámame respirando el aroma de mi cuerpo que solo existe para tí.

Oscar Vargas Duarte

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