La madrugada le concedió el silencio de las celdas

La noche la mantuvo despierta, le traía en dosis mínimas ruidos de la calle, recuerdos antiguos, imaginarios e incluso le repartía frío a la cama para que ella no conciliara el sueño.  En la madrugada, cuando solo su conciencia la ataba con voces, pensó en sus manos que habían acariciado suavemente la espalda de sus amantes, las manos que sostenían sus senos cuando agitaba saltos sobre las caderas de ellos mismos, sonrió al comienzo triste y luego la alegría se acomodó en su rostro y siguió sonriendo al pensar que en esas manos habían amor, pasión y ternura.

Pensó en el hombre que se metió en su cama y las noches en las que ella se extendía sobre su piel y él la contenía con fuerza sexual antes de los orgasmos, recordó que le permitió todos los espacios.  Unos días antes hubiese llorado felizmente de pensar que era una nueva planta, aquel hombre la había traído nueva tierra para que diera frutos.

La madrugada le concedió el silencio de las celdas, y mientras tenía en su mente las imágenes de aquel hombre extendiéndose en otra piel, repartiendo tierra para otros árboles, se besó las manos y las perdonó por estrangular al infiel que había amado tanto.  La sierra eléctrica se anunció con ruido y la sangre salpicó el aire mientras las manos de un lado y ella del otro caían al piso.

Oscar Vargas Duarte

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