Pensó en el hombre que se metió en su cama y las noches en las que ella se extendía sobre su piel y él la contenía con fuerza sexual antes de los orgasmos, recordó que le permitió todos los espacios. Unos días antes hubiese llorado felizmente de pensar que era una nueva planta, aquel hombre la había traído nueva tierra para que diera frutos.
La madrugada le concedió el silencio de las celdas, y mientras tenía en su mente las imágenes de aquel hombre extendiéndose en otra piel, repartiendo tierra para otros árboles, se besó las manos y las perdonó por estrangular al infiel que había amado tanto. La sierra eléctrica se anunció con ruido y la sangre salpicó el aire mientras las manos de un lado y ella del otro caían al piso.
Oscar Vargas Duarte