Como toda bruja terminarás en la hoguera

–    Hola María, cómo vas?
–    Bien. Tú, en qué cosas andas?
–    Nada en particular, dejando que un poco de mi ocio mental se acomode plácidamente en mi rostro.
–    Tú eres como bobito.  Aféitate, arréglate el cabello, lava tus uñas, pareces un niño al final de una jornada de fútbol, claro estarías sin barba.
–    Tú no dejas tus ansias de modelar a los hombres como si fueran tus hijos.

Los dos reímos.  Volvemos el rostro al café oscuro y nos permitimos un rato de silencio, el aroma del café sepulta cualquier otro aroma.  María toma mis manos y las acaricia, más pronto que tarde llora, levanta su rostro y me mira, sus ojos no dejan de soltar lágrimas, la miro con sorpresa, no me atrevo a preguntar el motivo de su llanto.  Su rostro vuelve a ver hacia mis manos, las levanta y con ellas limpia sus lágrimas, aunque el proceso es a la inversa, con sus lágrimas elimina cualquier impureza de mis manos.

–    Qué haces?
–    Tus manos están ajadas por una lucha que no quieres reconocer, traes sangre en tus huellas y no lo notas, estás cansado de romper los abismos con tus dedos, ese cansancio se delata en las líneas.  No lo ves, no lo notas, siempre te ciegas a la verdad que te corresponde vivir.
–    María, tus palabras me asombran, no logro comprenderte.
–    Has tenido la sensación de que ingresan a tu cuarto, sin que sepas quién es?
–    Lees mi mente, hace un par de meses que me ocurre eso, pero, tú sabes vivo solo, nadie ingresa a mi cuarto.  Ignoro esas sensaciones, siempre las asocio con el tipo de películas que veo antes de dormir.

Es extraño, mis manos están limpias, el mugre bajo las uñas desaparece, se ve limpia la palma de las manos y sobre todo se sienten livianos sin otro peso que el de la fuerza que les imprime María al mantener sus masajes sobre ellas.  Besa mis manos.  Durante unos instantes mantiene un silencio que me pareció del algún modo celestial – esto es un atrevimiento, ni siquiera imagino lo celestial –  Sus manos suben por mis brazos y tengo una sensación de descanso que había olvidado existía.

–    No he tenido que esforzarme haciendo actividades físicas, pero sentía mis brazos cansados y realmente mis manos estaban delicadas, como si mantuviesen resentidas por rozar con superficies duras.
–    Vamos al sofá, allí me contarás todo.  Deja el café acá, no va a enfriarse.  Tú no lo sabes, yo sí, jamás tomarás las cosas del sabor que no te gustan y la temperatura de ellas será el que más te da satisfacción.
–    Estás hablando raro.
–    Raro eres tú y no te importa darte cuenta.

En el sofá María toma mis piernas, las ofrece al aire, luego las tensiona y con sus brazos recorre cada una de sus partes, otra vez el asombro me delata, tengo que aceptar que ahora no me siento cansado, más bien bastante relajado, pero antes de que ella tocara mi piel no sabía de mi cansancio.  María hace un esfuerzo que se le nota en el rostro, ha decidido proclamar con sus manos el descanso sobre todo mi cuerpo, yo lo voy sintiendo y poco a poco mis ojos se complacen en el sueño.

–    Hola dormilón, levántate que necesito me ayudes a colocar unas cosas en lo alto de la pared.
–    He dormido mucho?
–    Más de lo que imaginas y menos de lo que deberías.
–    Dónde están mis zapatos, bueno, además de mi ropa que esta que traigo puesta no es mía.
–    Tus zapatos los he lavado y están en proceso de secado.
–    Cómo dices que esa ropa no es tuya, es la que traías cuando viniste.
–    Eso lo se, esta ropa la traía cuando vine pero se que no es mía.  Tienes algo que puedas prestarme, quiero quitármela.
–    Buscaré algo, que te quede, alguna sudadera y una camiseta de mi equipo de fútbol.

Con ropa prestada voy tras cada pared colocando unas mariposas de colores, hechas en madera, con las cuales ella quería adornar la sala.  Luego vamos por los cuartos y dejamos enredaderas y otro tipo de adornos que imitan a la naturaleza, todos hechos con tierra y madera.  La única explicación que recibo es que algunos seres odian ver reflejada la naturaleza, en obras realizadas con madera y tierra por los hombres, entonces al verlas no ingresan, se sienten rechazados y se alejan.

Paso por la mesa y me tomo el café que había dejado antes de irme al sofá, está tibio, así me gusta, son dos sorbos plenos.  Recuerdo sus palabras y quiero preguntarle pero se que algunas cosas no me las dirá jamás, entonces la sigo a la cocina, detrás de la taza, quiero repetir café.  En la cocina me pide que no me acerque a sus platos –   Son de cerámica y se que los partirás apenas los toques.   Desde la puerta la observo preparando todo, que manías tiene, sería solo darme el café en la misma taza, pero ella insiste en llevar una cafetera, el azúcar en otro recipiente, llevarlo todo en una bandeja y gritarme que espere sentado en la mesa.

–    Óscar, dime que te ha pasado recientemente, cualquier cosa que no te parezca normal. Bueno, normal para los otros, que tú terminas aceptando cualquier cosa como normal con tal de no discutirle a la naturaleza.
–    Qué cosas quieres saber, nada pasa a mi alrededor que merezca importancia.
–    Eso crees tú, pero soy yo quien decidirá si es importante o no.
–    Trataré de contarte algunos detalles que supongo serían de interés para ti.

El café juega a dilatarse en mi boca, persigo sus viajes por el paladar mientras María va a verificar que la ropa que traía puesta haya terminado de quemarse, desde allá me dice cosas que no entiendo, sigo jugando con el sabor del café.  Observo detenidamente las figuras que hay dibujadas en la taza y en el plato que la acompaña, no los comprendo, miro el azúcar, algunos granos han quedado sobre la mesa, imagino a las hormigas tratando de adquirir ese botín, desde lejos con unos binoculares observando, tratando de definir una ruta precisa para venir por los granos y llevarlos a su nido.

–    Desembucha ¡

Conocí a una mujer hace un tiempo.  Empecé a salir con ella y a congregarme en sus asuntos, era una especie de desatención a mis cosas a partir de la posesión innecesaria de otras.  No me gustaba, tan solo podía disfrutar de la no pertenencia, de ser una especie de viento que va a una colina y estremece sus árboles, cada uno de los rincones que en ella habitan pero con la certeza de saber que está ahí para olvidar que se es viento.  No pertenecer era la consigna y sucedió tal cual como las tormentas, llegan se acomodan en lo alto y luego se desploman sin que permanezcan o se pueda pensar que volverán a presentarse, por lo menos no será la misma.  Después de esa relación, si es que puedo atreverme a llamarla así, empecé a cultivar nuevamente mi afición por la bebida, una botella más o una botella menos es lo mismo cuando la borrachera se oscurece sobre el cuerpo y este no reconoce ni sus propios movimientos.  Tú sabes que son normales mis recaídas sobre la bebida, así que me mantuve como la nube que sabe que no es más que una ilusión del agua, en cualquier momento caerá a tierra y serán ajenas una gota con la otra.  En el fondo la creencia de volver a empezar y sumar días sin beber se mantiene.

–    No te desvíes.  Se de tus absurdos inconclusos que atraviesan con licor por tu garganta.
Eso también ha sido extraño por estos días, pero volveré a lo de aquella mujer.  Después de un tiempo me senté a escribir nuevamente, mis manos se hacen pesadas cuando me aproximo al teclado, los dedos se recienten y las uñas parece que se rompieran al tocar las teclas.  Ebrio, el dolor no llega a ser una sensación que me detenga, así seguí escribiendo, al principio sobre eventos que me sucedían o sobre desviaciones que hacía de las imágenes que recordaba del día, o como siempre maquillaba a las personas que reconozco de algún lugar y los convertía en otros, con características diferentes y siempre involucradas en asuntos insensatos.  Una noche asocié un par de situaciones y empecé a relatar algunas cosas sobre ella, extrañamente la ubiqué en circunstancias en las que ella jamás había estado, fue curioso pero enriquecedor para mis letras, cada noche eran más las cosas que imaginaba y escribía, nada se parecía a la realidad que ella me había participado pero a mí el impulso no me permitía detenerme, es como si hubiese escrito de manera paralela acerca de su realidad.

Los botones de la blusa de María se rebelan y le permiten a sus senos recibir el aire, mis ojos no se contienen y me concentro en el lunar que se ve cerca de la línea del sostén blanco.  Ella lo nota, se protege con la mano y me hace sonreír aún sabiendo que le molestan esas indiscreciones.

–    Perdona pero en casi todas las cosas el instinto me supera.
–    No babees y sigue narrando tu historia.

Algunos días me encontré con ella, fuimos a algún lugar, participé de algunos de sus espacios, me dejé ver tal como soy cuando los instintos me superan, entonces me mostré tan frágil como soy, dejé ver mis principios tan livianos como son, y luego parecía que cada palabra que surgía de mi boca era juzgada por todos los pecados cometidos por la humanidad, así que mi confianza en mis aproximaciones a la realidad fue decayendo, con eso la virilidad lúdica que logro con la bebida fue aumentando, bebo más, me alejo de la realidad, me siento frágil y juzgado, me acerco a la bebida, y en el entretanto iba escribiendo aquella historia, en las condiciones que te cuento, los dedos doliéndose de tocar el teclado y las uñas quebrándose.  Durante algunas noches sentí que debía caminar mucho, algo parecido a ir en peregrinación para pedir por el perdón de los pecados, el camino me parecía duro, sobre todo considerando que debía llevar una carga que no podía reconocer, solo se que sentía que debía caminar y mi carga se hacía más pesada al acercarme al lugar, que no sabía cuál era.  Una cosa fascinante cuando podía pensar en ella, los fines de semana me sentaba en la cama a pensar en las ocurrencias de un camino que no se hace difícil al final si no que se hace imposible por la carga que uno lleva.  La verdad no me fijaba en mis manos, ni en mis uñas, cuando uno tiene la apariencia de los feos, pues, una virtud menos no le afecta.

La historia que escribía me hizo reconocer que podía ir hasta lo profundo de la invención, logré consolidar un personaje que superaba mi reconocimiento de la personalidad de las personas que se relacionan conmigo en la realidad.

–    Óscar, qué pasó con la mujer?
–    Nada, ella ignoraba mi mundo y bajo esa circunstancia cualquier cosa que ocurriera en mí no lo entendía.  Además que yo no puedo comprender por qué trataba de acercarme a ella si en el fondo yo sabía que era algo a lo que no pertenecía, pero aún así, parecía querer mantenerme cerca.
–    Sigue con la historia.

La historia que estaba escribiendo la concluí una mágica noche en la que no había bebido, esa noche supe que me dolían los dedos y las uñas se resentían con cualquier roce sobre el teclado, pero mantuve mi necesidad de dejar esa historia atrás.  Tal vez eran las tres o cuatro de la mañana cuando dejé el teclado a un lado, tomé una resma de papel y la coloqué en la impresora, envié la impresión completa y cuando estuve seguro de que el relato había quedado reflejado en el papel borré el texto escrito en el computador, ninguna copia en medio magnético.  Llevé las páginas a un cofre en el que no guardaba nada más que polvo y vacío, ahí las dejé en el orden correspondiente para la lectura.  Cerré la tapa y le puse llave al candado que lleva el cofre.  La llave la quebré y la tiré desde la ventana de mi apartamento sobre el carro de uno de mis vecinos que pone música a todo volumen los sábados.  Nunca había notado que la música ajena podría molestarme tanto, casi nunca estoy en el apartamento así que no tengo problemas con los vecinos, pero últimamente he estado los sábados por la mañana y me he tenido que aguantar la música con el volumen alto de este vecino a quien le rayé el carro con las dos partes de la llave.

–    Y luego que ha pasado?
–    Con mi vecino nada, nadie se enteró de quién golpeó el carro y el señor sigue levantándose a escuchar música los sábados.
–    No, con la historia, siempre te desvías, por eso no concluyes nada.
–    Tienes razón pero estás gritando y sabes que eso no hace falta.
–    Perdona, es que te conozco y me tendrías horas escuchándote sobre cosas diferentes  a la historia principal.

Desde aquella noche tengo la sensación de que alguien ingresa a mi cuarto y busca el cofre, siento que lo toma y busca la manera de abrirlo.  Yo ignoro esas sensaciones, ahora tomo un poco más todas las noches, por eso he comprado fruta para comer por las mañanas, jugos y otros elementos para disminuir la resaca.  En las noches, me parece que alguien me mira, aunque esté despierto, ese alguien da la vuelta a mi cama y luego se queda quieto junto al cofre.  Cuando pienso que estoy dormido se que observa el cofre sin poder abrirlo.  Esto se repite constantemente, en las mañanas pienso que es parte de mi ebriedad entonces lo ignoro.

–    Sabías que está prohibido escribir la historia de las brujas?
–    Sabías que no conozco a otra bruja que la señora de la cafetería que se niega a venderme cerveza antes de las diez de la noche, porque ella considera que sus clientes solo toman leche y comen pan, no como otros viciosos que serían capaces de pedir licor en una zapatería.

Solo he escrito una historia.  Solo me he dejado llevar por la conveniencia narrativa que permite ir sumando una situación a otra y entre todas he logrado un texto, nada más, de hecho, esa historia nadie la ha leído, ni siquiera yo he vuelto a ella, ha sido como un juego para mí, dejar algo escrito para ser leído cuando otras sean las circunstancias que me sucedan.  No he hablado a nadie de lo que se puede leer en esas hojas que hoy custodio.

–    Tú eres bobito.
–    Explícame.

Hay mujeres que aman y se entregan, luego el desamor las sorprende, ellas siguen y se condenan a una suerte de aceptación que les permite resurgir y encontrar otro amor.   Óscar, las brujas se creen invencibles, cuando sienten que el amor las conquista entonces utilizan todos sus poderes para obtener aquello que desean, si lo que me dices es cierto, esta mujer no ha podido lograr que tú le concedas aquello que desea, entonces ella habrá maniobrado con todos sus embrujos sin que sean fructíferos.  Cuando escribes sobre ella la estás delatando, frágil por enamorarse, débil porque sus poderes no son efectivos.

–    Me estás diciendo que esta mujer es una bruja y quiere que no le delate en mi narración?
–    Exactamente.
–    Tú, cómo lo sabes?
–    Lo se Óscar, he visto como ocurre.

Tus brazos y tus manos, sin que lo sepas han estado luchando todas las noches porque el cofre no sea abierto, tus piernas están cansadas porque has corrido llevando el cofre a otros lugares.  Ella en las noches te persigue y hace que caigas en abismos, es por eso que tus uñas están rotas, has tenido que escalar las paredes con ellas.

–    Me estás mamando gallo?
–    Mira la cara de boba que tengo.
–    Tengo derecho a dudar.  Me estás diciendo algo que me debe agobiar y esperas que no lo dude.
–    Eres un bendecido, pero no eres invencible.  Los bendecidos solo caen por sus propias armas, así que tú, que estás siendo atacado por alguien que se siente agredida, alguien con poderes mágicos y oscuros, estás dejándote llevar la extremo en el que consideres que tu vida es ajena a este mundo y entonces decidirás el suicidio u otro rumbo que quieras tomar para alejarte de esta vida.
–    No te entiendo.
–    Mira Óscar, la bruja no desea que su vida sea plasmada en las letras que escribiste, ella quiere ser anónima en sus secretos, nadie debe conocerlos, y en tus letras tú la desnudas y la pones tal como es.
–    Entonces, quemaré aquellas hojas y desaparecerá ese cansancio que no se de dónde proviene.

Oscar Vargas Duarte

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