Los relojes electrónicos no hacen tic, tac o pum pum, solo ofrecen un silencio mortal para acompañar el cambio entre un segundo y otro. Se aproximó a las otras habitaciones, fue hasta la cocina con el mismo resultado obtenido en el cuarto. El sonido se le sentía repetido en aceleraciones más cercanas. Abrió la nevera, bebió leche, partió un pedazo de queso, lo mordió, se untó los dedos de dulce y por un instante olvidó el pum pum. Tal vez al descartar a los relojes empezó a identificar el sonido como un pum pum constante.
La búsqueda en la sala la hubiera evitado, al haber más muebles los dedos de los pies que iban desnudos corrían más riesgo de ser golpeados. Conocía el dolor del dedo menor al enfrentarse contra la madera y no quería repetirlo. Fue despacio buscando debajo de las sillas, se tiró un rato en el sofá, allí tuvo la sensación de que el pum pum no venía del piso, seguramente el origen del mismo estaba en una pared. La búsqueda cambió y empezó a palpar la pared, movió los cuadros que iba encontrando hasta que encontró el origen del sonido.
En una puntilla que vive incrustada en la pared, colgado de ella encontró a su corazón que palpitaba en el silencio de los que se han exiliados del espacio que les pertenece.
Oscar Vargas Duarte
¡Enhorabuena! por tan brillante narración, muy original "en una puntilla que vive incrustada en la pared, colgado de ella encontró a su corazón que palpitaba en el silencio de los que se han exiliado del espacio que les pertenece". Con todo mi afecto,
Marina (couvier)