El pollo

— Las manos me huelen a pollo, las manos
me huelen a pollo cada vez que acaricio tu sexo.

La mujer ríe a carcajadas.  El hombre no entiende la risa. 

— Mira, insistías tanto en que la
resequedad de mi sexo no se compadecía con tu deseo, entonces he comprado un
pollo muerto, lo he adobado con mantequilla y otras criaturas vegetales en la
cocina.  Ahora lo tengo entre las
piernas, con el cuello dentro de mi vagina, así no me preocupo por tu erección
y tus dedos entre la piel del pollo sentirán la humedad que tanto deseas.

El hombre vio a su amiga con ojos de
angustia, acaso estaba enloqueciendo y por eso decía tonterías. La mujer sacó
un pollo muerto de entre sus piernas, salió de la cama, fue se dio una ducha y
volvió.  El hombre calló, prefirió la
mudez.  Ella salió luego del cuarto y no
volvió más a donde el amigo que la acompañaba en los milagros sexuales desde
hacía mucho tiempo.

En la calle, ella sonríe de haberse dejado
llevar por el impulso, por esa insana aventura que había vivido esta noche.  En el cuarto, el hombre mira al pollo junto a
la cama.  No entiende.  Toma al pollo y lo tira por la ventana. 

Nada más pasa, la mujer no vuelve, el
hombre deja de llamarla.  El va a donde
las putas, ella teje sacos de lana para los habitantes de la calle.  Al pollo se lo comieron unos indigentes que
lo encontraron sabroso, incluso molestaban entre ellos diciendo que si
exprimieran al pollo se extraería de él jugo sexual.


Oscar Vargas Duarte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s