Tu pie, he ahí mi victoria,

Tu pie, he ahí mi victoria, segurié una a una sus huellas para alcanzarte, no espero llegar a tu cuerpo, solo construir mi vidad con el camino que me marcas.
Tu boca, el lugar en donde procrean la risa y el canto, la sonrisa y la palabra tierna, el lugar a donde van tus consideraciones sobre el mundo, desde donde todo se nombre, es en tu boca en donde se contruye mi existencia, claro, ocurre cuando dices mi nombre
El extremo en cada uno de tus brazos, tus manos, la caricia inventando ternuras, repitiendo el anhelado consuelo de quienes con un apretón de manos todo se recompone y el desvalido vuelve a ser un dios que todo lo puede y el vencido en la batalla construye rápidamente una victoria, tus manos, el bastón que me acompañará en el camino.
El agudo verso que para tí es palabra natural, conversación simple y llana, esa vocación tuya por el sonido tímido es el impulso que imprime en mí la necesidad de ser lluvia de letras, de vocales y acentos, de frases cortas y extensas para obtener de tí un sí, un no, una respuesta en monosílabo.  La esperanza es la misma, un día serás un río de voces en mi oído.
Tu predicación por la inocencia y otras aventuras me llenan.  Ya ves, apenas unas pocas cosas tuyas que se reflejan en la imagen que conozco de tí y podría hacer una enciclopedia.
 
Ve a dormir que en tu sueño seré la caricia que apaga los vacíos que se incendian en tu día.
Oscar Vargas

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