Edgar da vueltas por los pasillos del centro comercial.

Edgar da vueltas por los pasillos del centro comercial. Desocuparse de minutos y regalarle ocio a los pies, así le gusta llamar al ejercicio de caminar mientras el tiempo corre para atrapar la siguiente hora. Hay un local en donde venden helados, lo sabe porque alguna vez compró uno ahí, claro que, aunque no recuerda el motivo, pensó que no volvería. Decide buscarlo, camina por los recodos ya reconocidos, sube escaleras y vuelve a repetir doblar esquinas y caminar por los pasillos.

No encuentra el local de los helados. Mientras busca la salida se ve obligado a observar un almacén de ropa femenina. Su mirada olvido la superficial angustia de sus ojos y se vuelve profunda, espumosa. Observa cada espacio que hay detrás del vidrio, se detiene en la imagen que le resulta atractiva, provocante. Esta vez Edgar solo atina a caminar, dar un giro y volver a ser el observador solitario que ve a través del vidrio.

Desde la puerta una mujer lo invita a seguir, con gusto lo atenderán y le colaborarán en buscar lo que necesite. El se niega cortésmente y huye, como si se viese a punto de derrota, como si permanecer en ese sitio le significara la muerte de lo que hoy reconoce como vida. Edgar es así, prefiere huir en solitario a morir buscando compañía.

Hay una cita obligada, un recorrido necesario, un asunto que debe cumplirse, una cita, un encuentro consigo mismo que ahora se comete en el mismo lugar; Él da una vuelta y como si fuera casualidad busca el camino que lo lleva al pasillo en donde se encuentra el almacén mencionado. Se ubica sigilosamente y observa hacia adentro. Durante noches ha imaginado la manera de ingresar al almacén para poder estar cerca a ella, no tiene una excusa fácil, él no necesita comprar ropa de mujeres, nada excepto ella, dentro del almacén, puede interesarle.

Ha escrito muchas notas, aventuras que le permitirían ingresar con una excusa válida, sin embargo, Edgar ha sido un hombre tímido desde siempre, y la timidez luego le ha obligado a mantener una cáscara de nuez que no deja espacio para que alguien la penetre. Así es él. Hay que ser valientes, hay que arriesgarse, hay que mantener la mirada en alto; se ha leído muchos libros de auto superación para afrontar lo que será el primer día en que ingrese al almacén, pida algún artículo, y mientras lo atienden poder acercarse a ella.

– Buenos días. Por favor siga, en qué puedo colaborarle.–

– Estoy buscando un regalo, no he tomado una decisión, es para una amiga, me han dicho que este sería el lugar más apropiado para encontrar un obsequio que a ella le guste.

– Gracias por escogernos. Permítame y le muestro.

Cuarenta gloriosos minutos, la mujer que lo atiende le sonríe, le muestra prendas con detalles hermosos, carteras, bufandas, cinturones, en fin, una cierta cantidad de lugares comunes que para las mujeres son de visita obligatoria.

La mujer lo convence de llevar una billetera.

– En papel regalo por favor.

Paga, recibe la bolsa con el regalo adentro, antes de salir la mira y siente que las lágrimas son un asunto real en sus ojos. Se retira.

La mujer que lo atendió ha quedado encantada con las formas y maneras de actuar de Edgar, cosas de la naturaleza humana, algún evento químico que se sucede sin control en el cerebro. Ella sonríe al verlo alejarse. Se acerca a una de sus compañeras y comentan sobre el comprador. Ríen emocionadas al creer que podrían ser halagadas por un hombre como él.

La cartera es recibida con el mejor de los ánimos por la mujer que le colabora con el aseo en el apartamento. La mujer siente que es una broma, sin embargo, como respuesta de agradecimiento ese día el aseo lo hace de manera especial, incluso limpia detrás de las viejas cajas en donde suele tirar un poco del polvo que sacude.

La casualidad, que no es tal según dicen algunos, permite que los encuentros ocurran. Hace calor, es un día sofocante. Edgar va por un helado, a la heladería que no encontró y que ahora tiene clara la ubicación. Se sorprende al encontrar a la mujer del almacén. Al comienzo presiente que su timidez lo hará correr a esconderse, pero, antes de que la reacción se de completa la mujer le habla.

Una charla agradable. Ella le permitió pagar el refresco que estaba bebiendo. La amistad se sucede, no podría ser de otra manera.

Ahora no puede ser tan evidente al pasar en frente del almacén y ver a través del vidrio porque la mujer lo reconoce. Encontró un lugar en un local, ubicado diagonalmente y desde ahí observa a través del vidrio y suspira por ella. Hay oportunidades en que disimuladamente se deja encontrar por la mujer que atiende en el almacén y la acompaña hasta el interior, es un momento de mucha felicidad para él. Otras, va y compra algún objeto que regala luego.

La confianza entre él y la mujer aumenta a tal punto que lo invitan a salir en grupo con los demás compañeros de trabajo y con el dueño del almacén. Salidas consecutivas le permite hacerse amigo del dueño, ahora hablan de cosas de trabajo, de política, de negocios potenciales, y de otros asuntos.

Edgar estuvo durante más de dos horas hablando con el dueño en una cafetería que está cerca de la heladería. La mujer que lo atendió el primer día lo ve desde allí, no puede imaginar de qué hablan, supone que es de negocios porque en la mesa hay dinero. Se alegra de que la confianza entre ellos les haya permitido darse la posibilidad de hacer negocios.

– No puedo vendértela. Hay cosas que no tienen valor.

– Pero, mira la cantidad que te ofrezco, no puede ser una cantidad despreciable.

– Lo se, y te tengo mucha estimación, por eso no puedo permitir que me des dinero por ella.

Un buen rato más y las habilidades de Edgar sobrepasan las negativas del dueño del almacén. Ha pagado por ella y ya puede pasar a recogerla para llevarla a su apartamento.

Edgar, ahora en el apartamento, se fuma un cigarrillo, coloca sus pies sobre una silla. Observa la mudez del maniquí que admiró desde hace tiempo y se siente feliz de poder tenerlo a su lado.

Oscar Vargas Duarte

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