En las mañanas, antes de masturbarme como adolescente, sueño alguna aventura geriátrica, es así siempre, o por lo menos los últimos tiempos de los que tengo memoria. Acaso en mi vejez me harán falta los orgasmos o más extrañare a tu mirada que se viste de oscuros grises, de amarillos alegres o de cualquier color con el que se te ocurra mirarme.
Sueño, he aquí que no pierdo el hábito aprendido desde niño, uno juega a ser, otros dirían que aprende a mentir o que simplemente imita a los demás, en este instante que escribo para ti quiero pensar que uno desde niño sueña, y que yo aquella tarde cuando miraba hacia el vacío extenso que significaba saltar a la piscina soñaba con que tú eras quien iba rescatarme de cualquier abismo al que yo quisiera lanzarme.
Mira que soñar es una aventura en la que he participado desde mis primeros años hasta ahora, se me antoja – me gusta esta palabreja – pensar que he soñado siempre contigo, con tus senos que se entregan con humildad de mártir a mi atrevida lengua, de igual manera se me antoja – vuelve la palabreja que me gusta – puede ser una ocurrencia diaria, pero no lo aceptaré aún cuando sufra tortura, que tus oídos aprecien más a mi palabra que al canto de las aves o a la melodía intensa de los que cantan.
Estas son cosas que uno va pensando por ahí. De esta misma manera algunas tardes se me ocurre que el sueño repentino con el que me despierto los jueves, solo pasa los jueves, incluso el de semana santa, tú caminas a prisa desde tu trabajo a cumplir una cita, la cita soy yo, a quién no quieres llegarle tarde.
Sueños, cierto, son sueños. Me pregunto si acaso te imaginas cuántos orgasmos han muerto en mi mano cuando en las mañanas te imagino con tus piernas y las mías, con tus manos y mis brazos, con tu espalda y mis dedos. Estos asuntos no debería decirlos aquí, o mejor escribirlos en este muro al cual todos acceden para la lectura, pero como siempre ha ocurrido tu ignorancia de mí me permite estas libertades.
Una tarde de sicóloga, ella confundida con sus libros y teorías modernas, yo confundido de pensar si eras tú o la sombra de ti a quien amo, ella mantenía el convencimiento de que en tres años debería dejar de amarte, bueno, pues yo pago porque se me escuche no porque me quiten esta insólita manera de pensar con la que creo me perteneces.
He aquí que amarte no es otra aventura que pensarte sin más razón que tener alguien en quien hacerlo. He aquí que sin soñarte yo no sería más que aquel que en la panadería no es capaz de sorprenderse del aroma del pan recién hecho y solo piensa en cuanto es dos más dos para saber cuánto dejan de utilidad tres kilos de harina, dos huevos y un poco de leche. He aquí que mi sueño es una manera de amarte, tal vez la única que conozco porque cuando te fuiste, no se a dónde ni por qué, todo para mí se volvió sueño, no tenía otra salida.
Hablé de amarte, de soñarte, de estar pensando en ti, de los orgasmos, y confesé que todo en ti es una aventura para mí, solo me hizo falta confesar tu nombre, que por ahora se mantiene junto al secreto de cómo haré mañana que mis pensamientos me traigan otro orgasmo por ti.
Oscar Vargas Duarte