Recordó nuevamente las imágenes, volvió a sonreir. De uno de los bolsillos de la chaqueta extrajo una foto, la miró durante un buen rato, su sonrisa se volvió transparente, traslúcida, de ninguna manera apetecible, nombró algunas de las palabras soeces aprendidas en la adolescencia y volvió a guardar la foto en el bolsillo.
Al cerrar la puerta pensó en que olvidaba algo, entonces se devolvió hasta el cuarto y no encontró nada que considerara olvidado sobre la mesa, junto a la cama. Cerró la puerta con llave, caminó un par de calles sin observar lo que ocurría a su paso. Llegó hasta un puente que siempre se le antojó absurdo, un puente para locos, nunca supo por qué pero esa era la sensación que le producía.
Desde el puente, durante una decena de minutos, estuvo mirando hacia lo profundo de la ciudad. Se podían ver algunas calles antiguas, un parque, un camino peatonal y otras zonas que le atraían. En el puente, desde el lugar donde se ubicaba a observar pensaba en el momento en que estando él en el parque, el camino peatonal o en una de las calles, pudiera ser observado por alguien que como él dedicaba varios minutos a mirar desde el puente.
El reloj le recordó la cita que tenía planeada. Caminó lo necesario hasta el lugar acordado, se dio cuenta que había llegado media hora antes, entonces buscó un sitio en donde sentarse. Una cafetería le permitió refugiarse, pidió café y galletas. La mujer que lo atendió le sonreía todo el tiempo, él no pudo evitar preguntarle por qué lo hacía, la mujer, un poco apenada, le dijo que se veía muy atractivo, que era difícil encontrar a un hombre que simplemente fuera atractivo, sin más, sin que se tuviera que pensar en la ropa que llevaba puesta o el perfume u otra cosa, que solo se le encontrara atractivo. Rió con ella y pensó en dejarle una propina.
Salió un minuto antes de que se cumpliera la hora para la cita, se acercó a la fuente en donde había quedado en verse con ella. Estuvo sentado un rato en una silla cercana, pasaron diez minutos y cuarenta segundos.
La vio venir y se le acercó para saludarla. La abrazó y como si se tratara de la repetición de una película recordó el sueño, los días que vivió con ella, la primera noche que hicieron el amor, las peleas y las reconciliaciones, una lágrima le recordó el amor que lo unía a ella, sintió que en la piel de ella estaba toda su vida narrada poro a poro.
Ella le tocó el rostro y las manos, el dio un beso en la mejilla y sin mediar más que las siguientes palabras se fue como la hacía cada ocho días que se veían en el mismo sitio.
— No siento tu aroma, no percibo olor en tu cuerpo. Ahora que no puedo ver más que una sombra extensa, ahora que todo es oscuridad en mis ojos, solo amo el aroma que satisface mi olfato. Te veré la próxima semana.
Oscar Vargas Duarte