Aún no quiero despertarme, siento para

Aún no quiero despertarme, siento para mí todo el tiempo y sabiendo que este a nadie le pertenece me tomo unos minutos más para seguir durmiendo. No quiero bostezar, sería demasiado el ejercicio, una mueca obligada socialmente para expresar somnolencia – ya no quiero pensar, sería casi tortuoso querer dormir y pensar al mismo tiempo.  La cabeza se hunde bajo la almohada, me cobijo de tal modo que solo las pulgas podrían ingresar a ver mi rostro.

 


Es bueno dormir, alguno de mis familiares que me triplican en edad decían que ningún placer puede compararse a rascarse donde le rasca, comer cuando se tiene hambre, ir al baño cuando se tiene ganas y por supuesto dormir en el momento que se tiene sueño.  El ruido de la calle se acomoda demasiado cerca de mis oídos, no comprendo porque se siente tan cerca, pareciera que tengo una conferencia de ruidosos en la puerta de mi casa.

 


Dije quiero dormir y haré mi mejor esfuerzo en eso, ahora me cubro los oídos con los brazos. Yo pienso, y no creo equivocarme, que jugar con un pie sobre el otro produce, si no sueño, una sensación agradable llena de colores de masaje.   Así voy durmiéndome nuevamente, olvidando el ruido que viene de la puerta de la casa.

 


La puerta se deja invitar por alguien que toca insistente. Me levanto sin pausa y sin prisa,  no quiero calzado para los pies, pienso que no lo necesito, igual no me importa como esté vestido, sea quien sea debe aceptar que estoy durmiendo y si me requiere para algo pues que se aguante mi manera de vestir para dormir.  Son cuatro pasos desde mi cama hasta la puerta del cuarto, otros cinco para llegar a la puerta.

 


Es extraño que haya tanto ruido en la puerta, pareciera una convención de ruidosos, bostezo como si mi afán estuviera hecho de despacios y nuncas.  Estiro la mano hasta la puerta mientras quien está tocando insiste.  Abro, veo al frente y hay un cola de muchas personas, no entiendo, pareciera una extensa latitud de mendigos esperando por una limosna, o tal vez una certidumbre de locos que se asoman para verme el rostro.

 

— A la orden? Digo esto viendo a la primera persona que está en la fila.

Todos hacen silencio, como pueden haberse quedado tan cerca de la mudez cuando apenas hace unos segundos se les escuchaba incluso el cabello al moverse.  Los miro a los otros, no entiendo ni al primero ni al que le sigue y a los que hacen sucesión numérica en la fila tampoco.  Vuelvo a ver el rostro del primero, este tartamudea algo, no lo entiendo.


— Perdóneme pero no le entendí.


— Usted sabe, ya no tenemos urgencia de todo pero por lo que venimos aquí es imperativo tenerlo.

Vuelvo a ver al hombre, no le entiendo y como no quiero hacerlo pienso de la manera simple, ha de estar necesitando alguna limosna.  Se que tengo monedas en algún lugar del cuarto.  Los demás, si quieren algo, que lo linchen, tengo para uno solo.

Me devuelvo al cuarto, junto a mi billetera hay unas monedas.  Las cuento antes de estar seguro de llevárselas a quien en estos momentos considero un pordiosero. Que pena imaginar eso, no se nada de él, pero igual está en la puerta de mi casa y yo quiero dormir.


Abro la puerta con la mano en la que llevo las monedas, esa puede se una virtud de halagarse, con la mano ocupada puedo ejecutar ciertas acciones, como si le importase a alguien esto, pero igual soy yo y puedo hablar bien de mis habilidades.

 


— Señor, usted no me entendió, yo no quiero monedas y ellos tampoco.  Atrás se escucha un alboroto de hormigas lloronas.  Quiénes serán todos estos que hacen de séquito de este primer hombre frente a mi puerta, además veo mujeres y no podría encontrar un sincronismo entre ellos, se les nota alguna igualdad pero en definitiva se ven diferentes.


— Y, entonces?

 

— Usted sabe.

 


Lo miro con cara de pocos amigos, él nota mi enojo y pareciera querer explicarme un poco la razón que lo obliga a estar de primero en la fila, aunque no lo ha dicho él lleva cuarenta y ocho horas tocando la puerta.  He dormido todo ese tiempo y tal vez más, que descanso, de seguro bien merecido si es.


— Usted tal vez no lo sabe, pero el estado, si el estado, bueno puede llamarlo el gobierno, como usted quiera ha ordenado que las muertes naturales no pueden darse de manera casual en cualquier sitio.  Ya sabe usted que siendo así tendrían que definir un lugar apropiado y prohibir los demás.


— Señor, usted está fumando porquerías? no se de qué está hablando.


El hombre insiste en lo de la prohibición de morirse de manera natural en cualquier parte.  Ahora quiere tirarse encima mío, que manera de protestar y uno sin entender por qué lo hace.


— Hey, que le doy su manazo.

Mientras digo esto alzo la otra mano, diferente a la que utilicé para traer las monedas.- Veo el rostro del hombre, en el instante en que subo el brazo, lo noto tranquilo, con la piedad satisfecha.  Ese es un rostro extraño, pareciera satisfecho de mi brazo en alto, miro mi brazo y noto que lleva la hoz dispuesta y erguida contra el hombre.

 

 

Una bata negra, los pies descalzos y al igual que las manos sin piel cubriéndolos hoy.  Parece que todo se detiene, es un silencio de piedad con asco, de acometer en la lucha por obligación, no entiendo, todos se han ido.  El silencio es de fruta carcomida por el pincel de un pintor en un cuadro mal colgado en el lugar del comedor en una casa de ciudad.


 

Otros días me han ocurrido eventos similares, por ejemplo, no hace más de una semana, no había una cola de personas pero si una congregación en el campo, todos ahí, como si esperaran una visita astral.  Yo no se si los soñaba o era cierto que los veía desde el aire y de la misma manera que ahora pedían  por algo que yo no entendía, igual que hoy, sin embargo ese día no tuve manos con las cuales ofrecer una limosna y antes de que ellos desaparecieran vi en lo que deberían ser mis brazos una algodonada imagen de plumas y los pies garras afiladas.


 

Termino cansado después de estas ocurrencias y no puedo hacer otra cosa más que dormir.  La ocasión en que menos dormí fue la anterior, pero en otras ocasiones me he pasado doce días enrolado en la milicia del sueño.  Hoy no quiero dormirme, me hace falta reconocer la realidad, debe ser por dormir tanto que tengo estas visiones.


 

Busco en la cocina alguna cosa para comer, no hay nada, es el colmo mi desconsideración conmigo mismo.  Vuelven a tocar, esta vez si es un grupo de personas como las que he observado en mis otras visiones meto al primero a la casa y lo encadeno hasta que me de alguna explicación, claro que sería mejor aprovecharme de su piedad y pedirle que busque un lugar cercano en donde comprar algo para comer.


 

Abro la puerta.  No es un hombre o una mujer quien está en frente mío.  Se parece a la imagen que he tenido de mí mismo en todas las visiones.  No sería capaz de describirlo.  Me mira lleno de misericordia, como sabré medir la misericordia en los ojos de los demás, no tiene ojos, no se como siento que me mira pero es así.  Sus ojos palidecen y vuelven a ser cuencas sin fin, en el siguiente parpadeo vuelve a tenerlos.  Esta manera de dormir me tiene en la puerta de la locura.

 

 

— No era fácil, lo sabíamos tú y yo, pero agradezco tu falta de cordura para aceptar tomar mi cargo.

 

 

Toma mi mano mientras me habla.  No se a qué se refiere con sus frases.

 

 

— Yo no hice promesa alguna porque no creí que fueras capaz pero te daré un premio, aun cuando te demoraste mucho tiempo entre cada una de tus tareas

 

 

Sigo sin saber de qué habla, aunque su voz la recuerdo de otros días ahora que me toma el rostro.  Parece que me quita un peso de la magnitud de la eternidad.  Ya no tengo sueño.  Ahora lo veo deslizándose entre lo invisible y lo perceptible.  Ya no estoy tan loco, no tengo sueño, no me pesan el cuerpo ni los párpados.


 

— He descansado suficiente.  Serás inabarcable. Dejo para ti la posibilidad de ir y venir, de ceder a la muerte y caer, pero con la posibilidad de volver.


 

No se de qué me habla, insisto en que no lo se, sin embargo no siento ningún cansancio y no creo vaya a tener una  visión de locura repentina.  Nadie irá por mí al mercado a comprar comida, de manera que un pantalón y una camisa con los zapatos serán suficientes para salir a buscar que comer.  Me gustan mis zapatos color café, tienen la parte delantera bastante ajada como si fueran zapatos de muchacho en el colegio.


 

El ruido de la calle es mi silencio preferido, todo me llega y nada me atraviesa.  Pan, leche y otras abundancias para comer.  Dos personas hablan en secreto.  Los ignoro, secretos son secretos y uno debe evitarlos para que la gente lleve sola sus misterios.  Cancelo.  Le sonrío a la señora y le recuerdo lo hermoso que se ve el rojo de su blusa con el rubio de su pelo.  Me coquetea poniendo cara de niña tímida.

 

 

— Si supo que ayer otra vez murieron miles en el mismo instante.  Claro que en la radio mencionan que en unos hospitales murieron de a uno en uno sin que ocurrieran muertes masivas.

 

 

— En serio? Digo esto solo por permitirle que me siga contando.

 

 

— Dicen que fue una maldición de un monje de oriente.  Si la gente se salía de los hospitales a buscar la muerte en su casa, quien iba a creerlo, pasar días sin que una sola muerte ocurriera y luego miles en el mismo minuto.

 

 

— De locos! Eso es de no creerlo, cierto?

 

 

Mejor me devuelvo a la casa a comer que el hambre agota.  No estoy muy lúcido, no entendí mucho lo que dijo la señora.  Menos mal no estoy trabajando y puedo vivir de la renta porque con esa manera de dormir estos meses me hubieran expulsado muchas veces. No había notado que había tanto polvo sobre los muebles.  Ya que he dormido tanto voy a estar un buen tiempo despierto y limpiándolos.


 

Soy un roble, una roca, un martillo.  Es increíble, me rinde y todo! He terminado de limpiarlo todo y no me siento cansado de nada.  Debe ser que estos días de dormir tanto fueron reparadores.  Acabo de recordar que tengo una novia y tenía pensado casarme con ella.  Después de haber dormido tanto sin salir a ningún lado sería un verdadero milagro que me espere sin haber conseguido otro con quien salir. Bueno, la verdad es que no recuerdo mucho sus formas.


 

Es una hora cualquiera del día y decido salir.  Nunca me ha gustado medir las diferencias entre una estación y otra, y no pienso empezar ahora.  Me voy a cualquier lugar.

 

“Librería el Almirante de Papel” – Es un nombre adecuado para un sitio lleno de libros. Hay un letrero anunciando descuentos para quienes compren cierta cantidad de unidades.  Subo los escalones que se suceden en la entrada.  Saludo y me responden dos jóvenes en la entrada del lugar.

 

 

— Quiere buscar una sección especial?

 

 

— No, la verdad ingresé para ver de que me antojo, de pronto y hasta alcanzo descuento por comprar bastante.

 

 

— Siga señor, yo estaré pendiente de cualquier llamado suyo para colaborarle.

 

 

— Gracias, siga usted trabajando que yo me haré líquido buscando libros.

 

 

Son extensas las hileras de libros.  Uno que se deja hojear rápidamente y otro que requiere de algún tiempo hurgando las palabras, así voy de estante en estante, uno que apenas veo el título, otro que intuyo lo que dice dentro y me apresuro sobre sus hojas a comprobarlo.  Es una dicha inverosímil estar en una librería con la posibilidad de llenarse de tantos títulos.

 

 

Me estoy tomando en serio la lectura del libro que acabo de encontrar.  Llevo tres en la mano para comprarlos, pero este me obliga a leerlo ya.  Hay determinaciones que nos impone el tiempo, y esta es una de ellas.  La mitad del libro ya me abrió el corazón, cada palabra parece un látigo cortándome el rostro, no podría decir como está escrito el libro pero en cada párrafo hay algo quebrando mis lágrimas.  Lloro, soy una fuente de lágrimas.

 

 

— Señor, le pasa algo? Pregunta una joven que se me acerca consoladora.

 

 

— No pasa nada, es que a veces me salpico de amarguras y dejo que la M de las letras consuma la R de mi nombre, y eso me descompensa hasta doblegar mi llanto.

 

 

— Usted leyó eso que me dijo de qué libro?

 

 

— Lo he dicho siempre que lloro leyendo un libro.

 

 

Dejo a la mujer, llevo el libro con los otros.  Sigo hacia otros estantes y esta vez no me permito leer una sola página de los libros a los que les encuentro el título.  La mujer me sigue y toma cada uno de los libros que yo tomo.

 

 

Hojeo un libro y lo dejo en el estante, ella me sigue y hace lo mismo con el libro, si tan solo lo tomo y miro el título ella lo hace igual.  Se me acerca ahora, tiene cara de pregunta.


 

— Señor usted perdóneme que lo siga, pero es que eso que dijo ahora cuando usted lloraba lo decía un amigo hace mucho tiempo.  Además es usted igual a un novio que tuve hace tanto tiempo que después de él hubo por lo menos tres siglos.


 

— No sabría decirle algo señorita.

 


Dejo a la mujer, ella insiste en seguirme.  Se acabó la dicha de la librería.  En la caja la mujer que atiende me sonríe y salpica su rostro de picardía cuando dice:

 

 

— Leí ese libro muchas veces y tuve que transformar mis manos en molinos, usted me entiende!

 

 

Sonrío y me voy.  Es extraño que este libro tenga mi nombre estampado en la tapa, como si yo fuese el autor.  Mi memoria sigue siendo una frágil aventura de días sin noches o al revés.  Me voy hacia la casa a perseguir la noche para leer cuando ella esté vestida completa en el cielo.

 

 

Oscar Vargas Duarte

 

 

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