Eran las cuatro de la mañana, el hombre a su lado había sido recibido en las cuevas del sueño dos o tres horas antes. Ella lo observa, le busca en las partes de su cuerpo algo que le permita encontrar la atracción que la llevó a traerselo a la cama. Lo mira por oleadas marítimas, le recorre el cuerpo y termina agitando sus negaciones al verle la cabeza.
El sueño no conciliará con ella para servir de remedio que permita olvidar estos errores. Lo conoció en la biblioteca, gracias a un libro común que estaban leyendo, las impresiones de cada uno los llevaron a sentarse un largo rato, bebieron café y luego le pusieron licor a la charla.
Ella lo sentía propio, ajeno, robado, inventado, de tantas maneras que le pareció imposible que pudiera escaparse de él algo que ella quisiera en el universo. Así, sin otra prisa que la de compartirse entera se dejó convencer de acalorarse en la cama.
Lo besó en extremos que a ella le parecían sospechosos pero igual fue hasta ellos y se entregó fogosa. Tras cada gemido o descanso ella se enamoraba de pensar que este hombre de ocasos grises en los ojos, de rebeldes tardes en la espalda podría ser el protagonista de la historia que había estado soñando durante un tiempo.
El hombre se aproximó a su espalda para morderle el cuello y ella abrió con gozo su boca para emitir un quejido que traía consigo humedad entre sus piernas, le acarició las rodillas y los dedos de los pies, ella se agitaba en si misma para comprometerse en orgasmos luego. Así estuvieron hasta que el hombre decidió recitar versos de un poeta antiguo. Ella lo miró a los ojos y le instó a callar. El hombre no paró y siguió exclamando versos.
Ella le plantó un beso y le dijo al oído, estoy cansada, de verdad cansada. Me duermo y tú me cuidas. El se aquietó un poco, preguntó razones y solo recibió la misma frase repetida en su oído, entonces la abrazó hasta quedarse dormido.
La mujer siguió observándolo, podría haber sido perfecto. El hombre había agredido sus oídos con versos ajenos, ella odiaba a todos aquellos que teniendo la poesía en la boca, el cuerpo, las manos, la palabra, se dedican a repetir lo que otros hombres escribieron para otras mujeres.
Oscar Vargas
Lo que parece ser un relato erótico mas, cambia de rumbo y toma significado con la reflexión final. Es ese final lo que contiene todo el relato.