La tarde es un calor fecundo que obliga al sudor en la espalda y otras latitudes del cuerpo. Los olores se germinan bajo las axilas y más aún en quienes caminan sin sombra sobre el asfalto. Ella siente arena en la boca y se fastidia de la gota de sal que le camina entre los senos, es la prisa, y no el vaporoso clima lo que le hace sudar remedios de brujería del pacífico lejano. Son minutos modulados en decenas lo que le cuesta en tiempo para llegar a su casa, la puerta le cerrada en la espalda es ya un premio.
Los brazos en alas quieren encontrar las corrientes de aire mientras va hacia el cuarto. La cama recibe como huesped a su ropa, se les nota la humedad y el polvo recogido en la calle, no hace falta volver a mencionar el calor dentro del cual tuvo que caminar para estar aquí. Su desnudez es el trigo antes que la harina, aún cuando hay blancos absolutos en donde no llega el sol y solo se atreven sus dedos y algunas manos en otro tiempo.
Ahora la ropa se arruga bajo su espalda y su estómago porque ella da giros sobre su cuerpo encima de la piel prestada que usó antes, el calor parece desprenderse en cada vuelta sobre la cama, ya no hay humedad en su piel, solo si nos referimos a las partes que pueden verse desde el lugar del narrador que escribe estas líneas. Detiene sus giros y se llena de pétalos que sonríen en su boca, está abierta a la dicha. Sus manos reconocen los caminos que abandonó el sudor, no le importa fatigarse pero busca encuentros entre sus manos en los lugares ocultos a la imprudencia de los hombres.
En algún lugar alguien escucha las noticias en la radio. Dos hombres acometieron puñales entre ellos y se desangraron en lo que pareció una riña de celos o de amor como creen algunos. Se escuchan comentarios y quienes han dedicado más atención hablan acerca de una carta que se encontró en la mano de uno de ellos, al parecer una mujer dejó la carta para ambos, y ellos, invitados a la misma cita sorprendieron a la vida con la presunción de machos de selva, se jugaron la vida por una mujer, o por la carta que les dejó una mujer.
En la casa solo se repite un jadeo que duplica las vocales, enrejadas entre la jota y la zeta, la cama es visitada en toda su extensión por su piel mientras ella aprieta y penetra con sus manos cada espacio en donde reconoce placer. Es ahora cuando ella recuerda imágenes en sangre y no le importa, ha vencido, es ahora la reina de la selva, no hay rey. Tiembla, solo hay pasión en donde antes había sabor a arena, el cuerpo nuevamente está lleno de sudor, esta vez cada gota de sal le reconoce placer y la apasiona.
Oscar Vargas Duarte