El olor es un lugar común del cual ya no sufre apegos ni fastidios, huele siempre a lo mismo el sitio de trabajo. Los cadáveres mantienen sobre ellos una vida comprendida solo por aquellos que se ven obligados a desgarrarlos para dejarlos moderadamente presentables, unas veces, y otras tantas para descubrir algún secreto que permita enumerar el motivo por el cual ha llegado a este fin último.
— Mario, cuántos crees que lleguen esta madrugada?
— Serán menos que ayer, eso espero o mi esposa seguirá atando astucias a su infidelidad.
— Deja de imaginar tonterías; cuando de verdad acaricies el valor de tener una esposa entenderás que no debes tener malas ideas acerca de ella.
— Ya, no empieces con el sermón! Si fuese casado hablaría igual que tú, pero por ahora en algo tengo que recostar la imaginación, de otra manera terminaré soñando con estos cuerpos.
El ruido de una sirena acercándose los obliga a ver hacia la puerta, al tiempo que caen en un silencio de súplica, nunca quieren cadáveres, es que con cada uno de ellos se les despierta el temor de tener que ver sobre una de esas camillas otro cuerpo que será atendido antes que ellos. Están sobre esas mesas hace muchos meses y nadie los observa desde cuando fueron reconocidos por sus familiares, que se fueron para siempre aunque ellos aún sigan ahí.