En la punta de la lengua, el sabor de las promesas olvidadas, de quiero y no puedo pronunciarlo. En la línea estéril de la boca, acusando incipientes sonrisas. Mañana, en el mismo horario, con la fatiga oxidada después de esta tarde, ignorando el cansancio y las horas de enojos rerpimidos, mañana nos vemos, le pondré nombre una arruga a cada bisturí silencioso, iré con la prisa buscando lo que se perdió y no ha de volver a encontrarse.
De los placeres de la lengua, nombrarte, tu nombre repetido y las formas de tu cuerpo salivadas en mi boca.
Igual que un puñal para el asesinato, es menester el silencio para la tristeza, así estamos, sin cicatrizar el ombligo, y el cordón conectando a la noche con el día. Una pecera en tus ojos y una jaula en tu lengua, tras los párpados la libertad empeñada, por cuatro silencios más, para no expresar la tristeza. Todos los cantos como un rebaño de ecos siguiendo a la palabra cerrada.