No se necesita el frío ni hacen falta humedades extremas en la cama para que el cuerpo se resienta y el espejo nos devuelva el dolor sin ninguna prisa. Así somos, nos dolemos de sapiencias internas tan antiguas como nuestras primeras palabras, unas veces son temores a los cuales no podemos encontrarles razones, ni siquiera excusas, otras nos llegan recuerdos oscuros, marchitos, nauseabundos para los que no tenemos una medida de fuerza con la cual defendernos. Me pasa, últimamente peco a diario recordando mis tropiezos, los vuelvo a sentir sobre los tobillos reventando su rudeza de hierro, no logro componer una buena ruta de viaje para que el día esté compuesto de mareas claras.
A dónde voy cuando el día se dilata bajo la sombra de mis dudas, de estas arengas detrás del oído hablando en vocablos antiguos, erarios de otros días que pago ahora, que me cobra siempre la vida aunque no lo sepa. Me duele, es un sentimiento de fracaso, es un desfallecimiento constante, la sin luz y el mudo corazón que no tiene otro espacio más que la oscura vuelta a los vómitos de otros días. No importa mi singularidad, es que solo a mí me pasa ! Esto es mentira, todos alguna vez despertamos con el sentimiento de fraude escupiéndonos la lengua como si esta fuera el pecado de Adán, fiel a la seguridad de su pareja.
Van mis besos a la cloaca de mis miedos para que se mueran de espanto mientras vomitan sus propios excrementos.
Oscar Vargas Duarte