Los días en que me visto de frágiles nostalgias traigo hasta mis manos tu nombre

Los días en que me visto de frágiles nostalgias traigo hasta mis manos tu nombre, que luego escribo en el papel una y otra vez. No es una costumbre de adultos hacer esto, es más bien una de tantas rutinas de la adolescencia. Contigo me ocurre que la adolescencia vuelve a mí, viene entre sobres de cartas que no te envío, gritos que dejo sobre la pared agrietada, llantos en lo oculto del baño. Son situaciones que ocurren y no puedo desprenderme de ellas porque te pertenecen o tú les perteneces, o seré yo; ya ves no tengo claridad en lo sencillo.

Me preguntaba el otro día por qué en los tiempos primeros los hombres sellaban sus cartas con algo que se reconocía solo en ellos, mira que ahora ni siquiera enviamos cartas escritas, esto que debe ser una carta llegará a tí en una página en el internet, y en el mejor de los casos te la enviaré por correo. Sigo con lo de la pregunta, entonces, decidí que sería mi sello un círculo con alguna de las letras de mi nombre enredándose en ella. Quería enviarte una carta a la antigua, pero ya ves, no tengo constancia para hacer que los sucesos ocurran.

Es difícil que hablemos de amor, si lo hicieramos es como si desprendiéramos la piel para asegurarle al otro que no hay tatuajes en ninguna parte del cuerpo. No tiene sentido, es mejor simplemente asumirse o aceptarse en el otro. Ha de ser por eso que mis lágrimas cuando observo muestras de solidaridad las pienso para tí, algo así como si pudieras verme y en vez de preguntarme por qué lloras me abrazaras y pusieras tu mano sobre el rostro para sentir mi llanto.

El sol ya bordea las azoteas de la ciudad, las va dejando, es un abandono de sometimiento diario. Yo no puedo contenerme, pronto voy a desgastar mi llanto. No escribo más por ahora.

Te quiere entre enredaderas y musgo

Oscar Vargas Duarte

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