Una voz me obliga a expresar por ella algo que se ha escrito muchas veces en el tiempo. Hay una cadena infinita de hechos que deben sucederse y tú eres apenas un eslabón en ella. Un día no vas a una cita que debe ser cumplida para que otro pueda desarrollar su destino, entonces el mundo se queda esperando que ocurra algún evento sin que este se suceda. Todos estamos juntos sin que podamos desatarnos los unos de los otros. Algunas veces tenemos la sensación de que algo nos falta, es como si supiéramos que en ese instante una parte importante de nosotros debía formarse y no la sentimos, es la ausencia de lo que no reconocemos. Otras parece que nuestra condición horaria nos dice que la hora exacta ha pasado y no hemos asistido a una cita que no recordamos haber acordado.
En algún lugar oculto de nuestras incomprensibles honduras humanas hay un calendario con notas para cada día, citas, ceremonias, viajes, etc, que debemos cumplir para que otros hagan su destino, del mismo modo nuestro destino está escrito en el calendario de otros. En algún momento debemos cruzarnos con alguien que ha invertido esfuerzos en madurar un evento que se sucederá con nosotros, así, ese día nos moveremos hacia el siguiente puente que debemos atravesar para acercarnos a otras llanuras, a otras cordilleras.
Hay personas más sensibles que otras a estas aventuras que nos someten fuerzas invisibles. Enloquecen, según nuestra propia visión de la cordura, hablan solos, caminan sin detenerse, buscan a la muerte como si se tratase de algo inevitable que es mejor absorberse pronto.
Ayer, después de haber caminado un largo rato entre los almacenes del centro de la ciuad en donde venden libros viejos y usados, decidí ir a una plaza antigua, de aquellas construidas en los inicios de la ciudad. Alrededor de la plaza vendedores ambulantes ofreciendo artículos hechos a mano, la mayoría objetos para adornar el cuello, las manos y las orejas. Me interesaron entonces unos aretes de color azul metálico. Hermosos. Los tuve en mis manos y entonces, aún sabiendo que no los compraba para alguien en especial tomé la decisión de comprarlos. Pagué por ellos y los guardé un uno de los bolsillos internos de la chaqueta.
Una taza de café oscuro me acompañó un par de horas mientras iba y venía viendo objetos. No había razones para partir y tampoco para estar ahí. El ruido de una pelea me hizo despertar de los anuncios internos que me hacían olvidar la realidad en la que estaba inmerso. Recordé mis temores por las riñas callejeras, incluso sin que yo esté involucrado en ellas. Busqué camino por la calle que llevaba hacia la avenida, me quedé inmóvil en la acera esperando el paso de un bus que me llevara cerca de la casa. Tardó unos minutos que sumé por horas, pasó el bus y me subí a él pensando en la buena fortuna al ver una silla vacía en el lado derecho. Apenas me senté una muchacha se acomodó en la silla al lado. Yo me acomodé un poco más hacia el rincón, dejando espacio suficiente para que no se sintiera acosada la joven. Cerré los ojos y me quedé dormido por lo menos treinta minutos, cuando desperté el bus solo había recorrido unas diez calles.
Miré alrededor tratando de reconocer el lugar, unos segundos más y noté que el tráfico estaba imposible. La muchacha giró para mirarme mientras yo absorbía nuevamente las imágenes alrededor para modelar la geografía en la que estaba situado. Me sonrió.
– No nos hemos movido mucho
– Nada. Parece ser que hubo un accidente
Una llovizna que prometía ser inacabable comenzó a bailar sobre los vidrios, en las ventanas del autobús. Volteé a ver a la muchacha y le hablé sobre la visión que me traían las gotas de agua. Es un baile al que nos invitan pero somos la música mientras las gotas de agua son los bailarines. Me gusta estar en el cuarto en donde me siento a leer y saber que la ventana es visitada constantemente por gotas de lluvia, la sensación de recogimiento me sobrepasa y se nota en mi rostro muchas alegrías antiguas.
La muchacha hizo un gesto de aprobación y de sorpresa pero me habló de la alegría que le salía en aromas del cuerpo cuando podía caminar bajo la lluvia, y correr y saltar los pequeños charcos que se forman en la calle. Conoció a quien sería su esposo mientras caminaba empapada una tarde por una calle de su barrio. Él le ofreció un paraguas para que se cubriera pero ella, en cambio, lo invitó a mojarse mientras caminaban. Fue amor a primera vista. Le pregunté más sobre la historia y ella narraba con emoción en cada palabra.
– Ya estamos superando el lugar del accidente
– Pronto la ruta se hará ágil
– El único afán que yo tengo es que me cuentes sobre la condición que ha puesto tu novio para el matrimonio
El ruido de los autos que estaban alrededor del autobús impedía seguir la conversación. Callamos por un rato. Recordé a una mujer que para su matrimonio ella misma hizo las tarjetas de invitación. Aquellos días mi imprudencia no sabía de dolores y la observación que hice no fue la más adecuada. Ahora que lo escribo pido perdón por escrito por lo que dije, creo que fui sincero, pero la sinceridad no es sinónimo de pulcritud, más de pecado a veces. No está en mi memoria el nombre la de la mujer, pero cada que la recuerdo me siento mal por mi observación de ese entonces. Repito que deseo el perdón por lo que dije, claro está, si ella lee estas líneas tal vez no sepa que es a ella a quien dirijo esta súplica de perdón.
Un poco menos de ruido nos permitió reanudar la conversación. Noté que pronto debería bajarme del autobús porque estaba por llegar a mi casa. Quería saber acerca de por qué asociaba la necesidad del matrimonio, para ella, con la urgencia de evitar el suicidio. Era complicado lo que me decía y mis neuronas no llevaban a buen término el entendimiento sobre las explicaciones que ella me daba.
Tomé los aretes que estaban en el bolsillo de la chaqueta, los saqué y le dije que los había comprado, sin saber por qué o para quien, que me parecería una actitud generosa de su parte si los recibiera.
En los ojos de la mujer apareció un brillo que evocaba lágrimas de felicidad y sorpresa. Tomó los aretes y los juntó con un anillo y un collar que antes estaban en su bolso. Los objetos hacían juego, habían sido generados bajo la misma idea creadora. Ahora ella me cuenta que habían prometido con quien será su esposo solo hacerlo si conseguían los aretes que le hacían falta al conjunto de joyas que utilizó su abuela en el matrimonio hace muchos años, de lo contrario se entregarían al suicidio.
Oscar Vargas Duarte