Supongamos que muero mañana, entonces quiero que digas a los otros que he dejado a todos mi memoria olvidada, aquellos momentos que solo ellos conocieron.
Dejo a la victoria del riesgo mis equivocaciones, cada una y en cada tiempo, aunque con el tiempo haya descubierto que no siempre me equivoqué ariesgándome si no que muchas veces ocurrió por no hacerlo.
Mis rencores, cada uno de ellos que me llevaron a reconocer en mí a un hombre avaro de venganzas o a un hombre dispuesto a perdonar con ceguera, esos rencores los dejo para el perdón de aquellos que los sufrieron.
El amor y el odio los dejo en el mismo lugar en el que iba a ocultarme cuando me suponía frágil, diminuto y sin tiempo.
Hay una mujer a quien le dejo muchas horas de sexo, solo eso, me da pena decirlo pero no tengo otra cosa que dejarle, y entregarle esta lágrima que surgen en el instante que escribo sería un acto de decadente cursilería.
Mis mentiras, las mismas con las cuales decía la verdad qeu no quería afrontar seriamente se quedan en las huellas que sobre la arena inexistente fui grabando con los días.
Las historias escritas, las narraciones contadas a los amigos en días de ebriedad, el camino incierto por el que caía en las noches borracho, esas se las dejo a la memoria de quienes supieron descubrirme en esos momentos.
A la mujer que amé, a ella solo le queda el dolor de no soportarme. A la que me amó el haberme soportado.
Supongamos que estoy muriendo, entonces, estas palabras que me conducen a la única oscuridad plena, son el resultado del miedo que me asiste.
Y a tí que me lees, te dejo, mis manías de escritor y la lágrima de la que hablé antes
Oscar Vargas Duarte