M U E R TE

Se que moriré esta mañana, antes de la hora once y después
de que una mujer con la que hablé esta mañana termine de beber el vaso de jugo
de banano que dejó en la nevera la noche anterior.  Lloraré un poco viendo desde la ventana de mi
cuarto a los carros que pasan alentando la precipitad de los seres humanos que
ahora todo lo hacen más rápido.  Habré
tendido la cama del mismo modo en que se ha repetido durante los últimos mil días
y sonreiré por el único ejercicio de disciplina al que me sometí sin otra
misericordia que la de poder encontrar las gafas mientras levanto las sábanas.  Alguien pedirá que darse con la fotos que están
colgadas una detrás de otra, atadas por un hilo como si fuesen una cortina,
otro pedirá para si las huellas de mis manos que están migradas muchas veces de
pared en pared; ante la mirada que le endilga calumnias esta persona dirá, se
que en las noches cuando el insomnio era una tonelada de dolor sobre los ojos,
él contaba cada espacio de pared con sus dedos.

 

 

Se que moriré esta mañana, iré al baño antes para que en la
morgue el estudiante que practica anatomía, bajo la mirada inquisidora del médico
de turno, no vea afectada su nariz con el olor de los fríjoles que se cocinaron
con carne de cerdo y luego fueron el objeto a destruir por mis jugos gástricos.
 Yo tuve la certeza de que serían los últimos
días cuando la mujer del parque a la que unos hombre se le acercan para pagar
por sus dotes de adivina y otros, menos interesados en la lectura de las manos,
le cambian billetes por servicios que se prestan en una habitación en el
segundo piso de un bar, al cual bajan luego a refrescar la tarde, o la noche según
sea, con aroma de licores.  Examinando a
los visitantes de esta mujer, a los que me encontraba en el bar un día tras
otro, pude darme cuenta que cada uno de ellos llevaba tatuada una letra del
abecedario, que seguramente indica la inicial de su nombre, o el de una amante
a la que le consignaron este tributo.

 

 

Cinco días de la semana trabajaba la señora.  Solo cinco días.  El bar abre todos los días excepto el
domingo, no por prescripción médica del dueño del mismo o por seguimiento a
cultos religiosos.  El juez de familia
exigió que debería pasar todos los domingos con su hijo, cualquier excepción a esta
la regla sería saldada con una multa superior a los ingresos de una semana de
trabajo.  No lleva a su hijo al cine, a
ver espectáculos de títeres o una obra de teatro para niños.  El dueño del bar embarazó a una de sus
empleadas una noche de sábado.  Ella
estaba quieta, con su falda corta recogiendo botellas dejadas por los clientes
en el piso.  Esa noche estaban solos, ya
las puertas habían sido apostadas como guardias en las entradas del local. Ella
se quedó inmóvil sintiendo como el hombre columpiaba su cadera sobre sus
nalgas.  No objetó con enojo ni recibió
con agrado el hecho.  Cuando el hombre
terminó se levantó y buscó la puerta, se marchó con el mutismo de los troncos
secos bajo la lluvia.

 

 

Nueve meses más tarde, con unos días de más o de menos, la
mujer pare a su hijo. El dueño del bar recibió la primera citación enviada por el
juez dos años después.  La adivinadora se
lo había advertido desde tiempo atrás. 
Ahora el hombre va todos los domingos al parque es gratis y algunas
mujeres que van a ejercitar el cuerpo lo encuentran atractivo al verlo jugando
con su hijo.  Le ha enseñado actividades
de gimnasia, no cuesta mucho ponerlo a dar botes sobre una barra mientras él
habla de las diferencias que hay entre los tiempos de los padres y los de él
que acude presuroso ante cualquier llamado de su hijo para atenderle todas las
necesidades.

 

Una noche la mujer que se decía adivinadora, me pidió un
trago del licor que yo estaba tomando, al terminarlo me dijo – tú no eres el
comienzo de nada, más bien, pareces el final, la punta que cierra ciclos.  Cuídate de acercarte a los lugares que solo
les falta una pieza para completar el círculo.  Mi sonrisa de borracho le debió parecer una
invitación a otro trago y luego a otro.  Nos bebimos la botella, juntos ebrio.  La mujer había vivido en un país del sur,
durante su peregrinaje debió aprender muchos oficios, dentro de los cuales tenía
la lectura de todo objeto par revelar el pasado y el futuro.

 

Alguien ha de querer mi reloj despertador.  Yo no lo recomendaría, está dañado, siempre aunque
no se le programa la hora se activa ocho minutos antes de las cinco de la
mañana.  Debajo de mi cama hay un
calendario, no es un objeto escandaloso y en él no hay marcas o notas que puedan
comprometer a alguien. Siempre quise dormir sobre el tiempo y una noche se me
ocurrió que podría hacerlo al dejar el calendario entre el colchón y las tablas
de la cama.  Los objetos de la cocina
pueden repartirse entre los que cocinan, hay bastante silencio en esas cuatro
paredes como para que cada uno de ellos llegue a sus casas y piensen por qué un
roscón y un vaso de leche podrían ser para mí un manjar que degustaba incluso
lamiéndome los dedos.

 

La mujer con la que hablé en la mañana acaba de terminar el
jugo y piensa en el sentido de mis palabras, que ya no recuerda porque no me
estaba escuchando con atención certera.  Su
atención se centraba en un programa de televisión en el que ofrecen productos
importados cuyo uso estaba garantizado por un sin fin de nombres que aparecían
en una lista.  Se acaricia el cuello,
toma su cabello y piensa en el champú que usó hace dos días cuando lo lavó.  Sigue buscando las palabras que le dije y ni
siquiera puede atrapar una en la memoria. 
Piensa en llamarme más tarde y tener como excusa una duda sobre el uso
de algún medicamento.

 

El hombre del bar presenta a la supuesta adivina como la
hermana que él tuvo en otra vida y que vino a reencarnar en ella.  ES por eso que no le cobra la tarifa completa
por el uso de la habitación del segundo piso, eso sí, no le permite dormir ahí
aunque sepa que debe dormir algunas veces en la calle.  La habitación es pequeña, la cama es grande,
no hay mesas en el cuarto, ni cuadros, ni fotos o afiches. La cama permanece
bien tendida posteriormente al uso que le dan algunos de los clientes.  Es aseada en su totalidad por una mujer que
parece muda pero que sabe usar la palabra lengua sobre la cabeza del pene.  La habitación es alquilada a caminantes y para
esto debe cumplir las mínimas medidas de limpieza.

 

Cada uno de los hombres que duerme conmigo en las tardes
lleva una marca en su cuerpo.  Ellos
deben ponerse en orden para que aquél que hace falta tome su turno y cerremos
el círculo – La mujer que adivina suele decirme esto cuando la borrachera nos
puede a ambos y debemos dormir en la calle, tratando de que el amanecer nos encuentre
sobrios y podamos, antes de que alguien nos vea, ir a dormir a nuestros lugares
de sueño.

 

Siempre ha tenido los mismos cinco clientes que rotan entre
días.  Ernesto, Manuel, Uriel, Roberto y
Teodoro.  Se que mi muerte se dará antes
de la hora once.  La mujer se ha
ido.  En el bar no la volvieron a ver.  El conductor de un bus intermunicipal me ha
dicho que él la llevó a otro pueblo, desde donde la vio tomar otra ruta de la
cual él no sabe a dónde la llevaría.

 

Con uno de los meseros del bar, la mujer dejó una nota para
mí.  Hay dos que se jugaron la carta que cierra
la noche.  Tú perdiste. Si no quieres ser
un fantasma debes saber cuál fue el círculo que terminaste.  Morirás antes de la hora once, en el momento
en que todo lo sepas.  He repasado las
cosas, las que hablé con ella, las que viví en el tiempo en que la conocí, unos
asuntos antiguos que vinieron a mi memoria y muchas me parecen repeticiones sin
sentido.   Esta semana que pasó he
dormido con ella, debimos alquilar el cuarto del segundo piso.  La hice trabajar el sábado.  Completó una fila de seis.

 

Manuel, Uriel, Ernesto, Roberto, Teodoro y Yo.  Mis amigos me dijeron Kike desde pequeño,
incluso ella que lo aprendió de tanto escucharlo.  El sábado, la mujer reía al despedirse y me
decía – Enrique debes cerrar el círculo. Manuel, Uriel, Ernesto, Roberto, Teodoro, Enrique

 

Oscar Vargas Duarte

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