Esa noche apagó el celular y se dejó llevar por el sueño. Recuerdos de satisfacciones y dolores antiguos se conjugaron con hechos sucedidos en la cotidianidad más cercana lo hiceron soñar absurdos.
En la mañana siguiente buscó el teléfono y antes de leer los mensajes llamó a su novia. Ella contestó con enojo, sin embargo, la palabra final le permitió reconocer un dejo de reconciliación que le permitiría buscar el perdón más tarde. Fue por el café diario, un vaso de jugo y un pan tostado. Antes de salir miró en el celular las llamadas perdidas, tres en total y un mensaje en espera de ser
leído.
El número no es reconocido, es el mismo número en las tres llamadas. Marca la línea para el buzón de mensajes, lo escucha atentamente.
No reconoce la voz que le dejó el mensaje. Al principio es un saludo, casi irreconocible, luego una queja y al final una voz temblorosa que le advierte sobre el suicidio y la negación de cualquier oportunidad de enterarse sobre el lugar en donde quedará su cuerpo.
Oscar Vargas Duarte