Hubo un tiempo en el que la rutina mordía otros zapatos,

Hubo un tiempo en el que la rutina mordía otros zapatos, la cabeza se dolía de otros menguantes, el pie estaba cansado de las calles reconocidas por las huellas marcadas en ellas.  En este tiempo, el silencio se doraba en preguntas internas sobre las actividades pendientes, la mañana cosía o cocía laureles sin otro motivo que la ventura de encontrarse abandonada en la cama del medio día.
Así, mediante estas y otras maneras el tiempo correspondía con la muerte callada que sigue a cada segundo.  No llega la muerte para arrebatarnos del aburrimiento, tampoco para migrar nuestro día hacia otras luces, ella llega simplemente porque la hora se ha cumplido, no trae razones para su hechizo.
En este tiempo, la soledad se agrietaba de cansancio, de saberse fatiga y no lugar de culto para la expiación de las pasiones, también ocurría otro tanto con la tristeza, mal entendida, era revisada bajo premisas en las que estar triste era un defecto imperdonable en contra de la moda que exigía más a diario la sonrisa plena de una alegría inventada a partir de objetos y signos paganos.
Eran muchos a los que la meditación los abandonaba ante el primer asomo de ruido, el ruido, mágico ruido que los obligaba a la rutina, a la conmemoración de una tristeza sanguinaria hecha de la procreación de todos los medios de comunicación, nacida del olvido de los lugares sagrados.
Hubo un tiempo en que el espacio en tu cama, ese momento previo al sueño solo era utilizado para planear el otro día, jamás para soñarse o halagar a la tristeza, la soledad e incluso la misma angustia que se merece un buen lugar ya que ella es quien nos hace reconocer el temor y después la valentía con la cual lo vencemos.
Es hora tal vez de olvidar ese tiempo y construir uno nuevo en que amemos nuestras pasiones, no por lo que signifique la pasión, es más porque a cada pasión le toca una virtud en nuestra vida, y sin ellas no reconoceríamos este dolor y dicha de ser humanos.
Oscar Vargas Duarte

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