Un hombre de mirada miserable se sienta a mi lado

Un hombre de mirada miserable se sienta a mi lado en la clase a la que asisto los sábados.  Es de pulcritud higiénica, siempre huele a perfume, su cabello bien peinado y su ropa sin arrugas. Los zapatos lustrados firmemente, la barba delineada con bisturí de cirujano estético. Este hombre, de mirada miserable, observa con obsenidad piadosa a la mujer de la silla de adelante.
 
 
La mujer, que llega siempre tarde, nunca le atina a la hora en la que comienza la sesión de clase.  Entra desnuda, es sorprendente como, ya sin ropa, en la entrada del salón dice buenos días y sigue a su silla.  Su rutina es la siguiente, llega a la entrada del áula y junto a la puerta se quita la ropa, luego la guarda en su bolso. Al salir, hace lo contrario, saca su ropa del bolso y se viste.
 
 
El hombre la acosa con preguntas, de esta manera ella debe girar y mostrarle los senos, otras veces hace algún ruido y logra el mismo efecto en ella.  No deja de verla en la clase, a veces creo que va a lacerar su espalda de tanto mirarla, igual imagino que del dios príapo le toca la erección.
 
 
Al final de clase, cuando la mujer se ha ido, algunos nos reunimos en la cafetería, tomamos café y hablamos.  El hombre de mirada miserable no puede evitar expresarse en contra de la mujer que llega desnuda a la clase.
 
 
El otro día, ella debió devolverse porque en el proceso de sacar la ropa de su bolso se le cayó uno de sus anillos, la ayudé a buscarlo, entonces, apenas si hablamos algunas cosas, quería preguntarle sobre su desnudez, y como si lo supiera de antes me dijo, es solo para sentirme observada, me gusta la idea de robarle atención al expositor y que se fijen un poco en mí.
 
 
Antes de irse me dijo, has visto al hombre detrás de mí, es mi ex esposo, también lo hago porque quiero sentir que su mirada lasciva es cada vez más triste y podrida, se va a quedar ciego pronto.
 
Oscar

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