Una mañana, mientras el agua en la ducha acompañaba todo se cuerpo se prometió a si misma mantener un secreto, bueno primero debería lograr hacer algo que solo se supiera entre ella y otra persona. Juraría cumplir el deber de secreto y lo mismo le pediría al compañero de aventura. A ella le parecía un mito el hecho de creer que no hay nada oculto bajo el cielo.
Al comienzo fueron cosas sencillas, sin mucha importancia, luego notó que se sabían mucho antes de que ella pudiera ingresarlas a sus estadísticas de días en que se hizo público el conocimiento del secreto, luego, en la medida en que su mundo se hacía complejo fue sumando más días a lo que ya consideraba una misión, claro, no pasaban semestres antes de que debiera sustraerlo de la lista de asuntos no publicados, mantenidos completamente en confidencialidad.
Para efectos de sus cuentas, sumaba días con y sin secretos, y el número de los mismos que mantenía ella firmemente en silencio o que los demás lo hacían. La idea la llevó a conseguir medios para guardar de manera segura los datos, cajas fuertes, criptosistemas simples y complejos, tintas invisibles, gozaba la pasión que le despertaba conservarlos.
Un día de visita a la biblioteca descubrió los códigos de las logias, buscó maneras de convertir a su grupo de amigos a una de ellas, luego se inventó una propia de la que todos participarían, sin embargo, más tardaba en escribir los códigos que en recibir tantas solicitudes que se hacía impensable creer en que se podría mantener, sin exceso de vigilancia, una situación o el conocimiento de algún evento sin que se conociera por todos. Se hizo novia de un anciano, un hombre que fácilmente un médico le daría unos meses de vida, esta debería ganarla, mantendría en secreto esta relación hasta que el hombre llegara a la muerte.
Hizo planes, en su agenda codificaba las citas con él, le obligó silencios a su amante, así los meses pasaron y ella alborotaba sus días, unos felizmente porque todo iba bien, otros llena de temor porque alguien descubriera su secreto. Ocho meses y doce días, ese fue el tiempo que debió sumar a diario las horas, el hombre murió, ella no se acercaría más al entorno en el que vivía el hombre, nadie más sabía, ella que conservaría en silencio la relación que vivieron y él en la tumba no lo contaría a nadie.
Al hombre le hicieron un funeral acorde a su capital económico. Era conocido por toda la sociedad y muchas organizaciones publicaron anuncios expresando el dolor por la muerte. Ella leía todos los diarios, veía todos los noticieros buscando alguna filtración de su amorío. Nada aparecía sobre el tema.
Una mañana, tomó el periódico y lo leyó entre la pausa del café y el pan. En una página, con letras grandes, el titular decía, la fortuna de el hombre más rico del país ha sido tomada por el estado, en el testamento decía que dejaría toda su fortuna a la mujer con la cual vivió el amor más profundo y el secreto más grande, sin embargo ella no apareció a reclamar nada. Enmudeció completamente, aunque su madre le preguntaba qué pasaba ella no respondía siquiera con gestos.
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