Cuántos tienes, cuándo cumples. Los años, aprendidos a medir
en series de 365 días se nos adhieren como parte de la identificación de
cada uno. Tenemos de manera cierta, claridad sobre el día en que
nacimos, algunos incluso reconocen la hora y la posición de los astros
en el momento en que nacieron.
Somos apenas unos decenios, polvo cósmico
repartido geométricamente en el universo, apenas unos decenios en una historia
que se cuenta en millones de años. Con vanidad afectamos las conversaciones
al decir que la edad nos permite decir esto o lo otro.
Qué poder el que nos endilgamos con el tiempo.
A los niños los miramos con inocencia, como si en ellos no existiese
el tiempo y toda palabra por ellos emitida o toda acción fueran apenas
incipientes comparadas con nuestra elocuencia particular. Nos comportamos
como si los días que hubiésemos vivido estuvieran llenos de sabiduría.
La edad, esta distracción del calendario,
con la cual sumamos para hablar de nuestra experiencia y restamos para
acusar falta de madurez. Aprovechamos la condición humana de contar
los días para excusar nuestra pretensiosa sabiduría o nuestra falta de
madurez.
Nos apresuramos por los días buscando lo
inalcanzable, una eternidad aparente a partir de los actos. Unos
tienen hijos con la esperanza de ver sus genes regenerados por toda la
eternidad, otros escriben libros, construyen grandes obras arquitectónicas,
se dejan consumir como momias, todo para mantenerse en el tiempo.
La edad debería estar medida por otras cosas,
yo tengo dos rincones de amor, cuatro sentimientos básicos, una palabra
de aliento o simplemente, yo no tengo nada. Así todos seríamos disímiles,
sin poderse comparar con los otros como lo hacemos con los años. Un
niño diría, yo tengo hoy cuatro carros más que ayer y soy más egoísta.
La edad es una distracción del calendario.
Creo yo.
Oscar Vargas