La circunstancia especial de saberte ahí, a unos click en términos de distancia,

La circunstancia especial de saberte ahí, a unos click en términos de distancia, me socorre la idea de escribir muchas cosas. Es sorprendente como el solo hecho de ver tu nombre me sugiere la imagne de un espacio en blanco con las ideas dispuestas para ser transcritas en mis términos. No pasa con todos, es tal vez una manera de entregarse, de darse al otro por la aventura de la entrega. El día en Bogotá anuncia el invierno, la oficina está espantosamente cálida, las orejas se me calientan, me molesta el bochorno. Este es un bochorno de funeraria, no puedes hacer otra cosa que soportarlo, no tienes oportunida de queja, no hay fugas, cualquier línea de escape ya fue cruzada por otros y no hay espacio para otras personas en ese escape.

Un pájaro advierte su potencial de vuelo, lo veo a través de la ventana, él averigua el peso de sus alas, nada con relación al viento, viaja sobre él. Los compañeros se mueven entre los escritorios, les es natural la ruta entre uno y otro. El ruido es sinónimo de movimiento, de reuniones no formales en el escritorio, de teleconferencias con el altavoz activado. Los audífonos ayudan, un poco de música que adormezca los oídos. Somos infames con la vida, tomamos a destajo el tiempo y lo invertimos en hacer un mundo más eficiente, más lleno de máquinas y menos de hombres. Nos gusta el mundo en el que la oportunidad para errores es mínima, los seres humanos se equivocan, las máquinas no. He aquí que estamos matando la humanidad.

La oficina es una rutina para algunos, en el fondo ellos son iguales a mí, esclavos de una cultura impuesta, pero hay diferencias de actitud, solo vienen a calentar el puesto, están para recibir el salario y no les importaría estar todo el día sin encontrar ocupación alguna. Yo trato de mantener el equilibrio entre la pereza que significa saberse esclavo a sueldo y la dignidad que presumo se limita a estar descubriendo, investigando. Así va mi tarde desprendida de otros universos, impregnada de la oligarquía patriótica que llamamos trabajo, que seguro en otro tiempo será considerada una afrenta contra la humanidad. Ocho horas de trabajo, una de almuerzo, dos horas de viaje por la ciudad hasta volver a la casa o para llegar a la oficina, tres horas de televisión y si se puede media hora de lectura, luego el sueño y ahí está uno como parásito aferrado a lo que la sociedad ha impuesto como una buena actitud ante la vida.

Se es uno u otro dependiendo de la oportunidad a la cual accedemos, no nos importan los otros, ellos no estaban cuando nosotros hacíamos cola para obtener lo que tenemos, no nos importan, sus vidas deben ser iguales a las nuestras pero su dolor no nos pertenece, entonces no lo sentimos, no nos duele, mueran como valientes si es que el hambre reconoce valentías ! Anoche hablaba con alguien acerca de la tristeza, yo amo mi tristeza cuando está alejada de soles y de lunas, sin embargo, pensando un poco más es vergonzoso que algunos consideren su tristeza a partir de deseos materiales que no se les cumplen, o la de aquellos que se entristecen por el espacio pasional al que no pueden acceder. Hay maneras de estar triste, pero ojalá no fuese porque no obtenemos lo que queremos.

El calor hace que se desprendan algunas gotas de sudor bajo la camisa, me molesta, pienso en los que van por la calle, claro irán sin corbata y no están obligados a la apariencia, ellos disfrutan el sol, la tarde abierta. Los imagino ahora a ellos pensando en los que estamos en las oficinas, dirán, ellos tienen aire acondicionado, no deben caminar sobre el asfalto, se gozan la vida viendo al mundo desde la ventana. Pequeños ilusos e inconformes. Solo eso somos.

Oscar

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