Supongamos

Supongamos que me pides escribir sobre la pared de tu
cuarto algún anuncio que te haga saber que cualquier día eres el nombre más
pronunciado en mis letras, entonces, yo tomaría el fresco azul que te gusta,
junto a mi amarillo amargo, luego tomaría la mezcla de tu color con el mío para
pintar tu pared, sobre ella, con otros colores, según sea apropiado para la
inocencia de la frase o lo libidinoso de su contenido.

Las palabras que significan verbos cuyas acciones
están prohibidas por tu oído estarían escondidas debajo de tu cama, para
asaltarte cuando tu sueño sea el descanso al cual te entregas. Otras – las más, las menos, no importa! Las otras palabras abarcarían con su
existencia tu pared, dirían unas veces, me gusta el silencio con el cual doblas
tu pijama, es fresca tu mirada y amplio tu pecho al despertarte, o ese bostezo
que siembra la fatiga en tu boca llega hasta el corazón de un hombre que te
nombra en sus latidos, o la canción que cantas es una victoria que le robas a
la rutina

Supongamos que en las noches me lees, antes de
dormirte, entonces cada palabra mía sería tuya y el ciclo empezaría nuevamente porque
mis palabras se llenan de ti.

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