El compañero de clase, sentado en la silla de al lado, sufre los síntomas del sueño, sus párpados patinan sobre los ojos y apagan los sensores de luz. El ruido le llega de pronto para despertarlo. Se sienta de manera ergonómica, su cabeza elevada como vela dirige el barco nuevamente hacia adelante, la cabeza va y viene, igual no puede dormir, el sueño lo visita apenas un instante y luego lo abandona. Los gestos musicales asociados a la respiración nocturna que interrumpe el sueño de los otros no son parte de sus hábitos, de otra manera los ronquidos lo hubieran delatado fácilmente, con la posterior burla de los asistentes a la clase.
La taxonomía con la cual configuraron el aula de clase le permite no exponerse visualmente a la mirada del maestro que desde una silla dirige la clase. El muchacho decidió salirse antes que ser descubierto. La clase terminó y lo vi acostado junto a una de las entradas al edificio, tratando de dormir sin otro riesgo que el de quedarse dormido. Hay espacio para dormir en cualquier parte, todo es cuestión de que tanto quiera dormirse.
Después de la clase era importante y urgente buscar un café, debía ir a la otra clase a escuchar una conferencia sobre arte y localidad. Música electro acústica es el tema que corresponde para la exposición. Busqué una silla en la mitad del auditorio, me acomodé de tal modo que la comodidad ayudaba a mantenerme concentrado en las palabras del hombre que hablaba acerca de la música y los espacios ganados según el tiempo y el entendimiento de los medios en la época.
Una revista, del periódico del día, era parte de mis elementos para distraerme un poco. Un artículo sobre inteligencia artificial, otro sobre el arte y la medicina. Arrancados del papel, expropiados por mis ojos, los leí mientras el expositor presentaba obras musicales representativas del tema que estaba exponiendo.
Hay una presentación de la banda sinfónica de la universidad, es en la plaza central. La ausencia se contrae entre las urgencias diarias, pienso en esta oración mientras me siento en el piso, a unos metros de la banda. Pienso en mi ignorancia sobre los temas musicales, me atrevo a pensar que el movimiento de las manos del director no tiene sentido alguno, todos los músicos miran la partitura que deben interpretar, ninguno lo observa con detenimiento para seguir los pases de sus manos. Noto que al comienzo están pendientes de la orden para empezar luego nada más.
La música se concentra alrededor de todos los que asistimos, hay aplausos, palabras del director informando sobre el nombre de las obras interpretadas. Pienso que no se qué significa la palabra concupiscencia y en una frase que utilizo el expositor cuando dijo "carnicero de máquinas" para referirse a quienes aprenden sobre la marcha mientras desbaratan las máquinas con las cuales trabajan.
Hay una mujer en el otro extremo de la plaza, la reconozco de uno de mis cuentos, es la mujer que cambia monedas antiguas en una plaza en el centro de la ciudad. La había olvidado, de hecho no tengo claro en donde copié el cuento, donde lo publiqué o cómo termina exactamente. La veo, sigue teniendo la misma apariencia, ha de ser una coincidencia que hoy esté vestida igual, aunque la oportunidad en la que escribí el cuento ya ocurrió hace más doce meses. Me levanto del piso y me filtro entre la gente para acercarme a la mujer, mientras camino trató de recordar el cuento. No puedo hacerlo, solo se que la mujer es la protagonista de la historia.
Una muchacha me empuja, nos miramos, me sonríe y se disculpa. Ahora recuerdo el significado de la palabra concupiscencia, me río de la manera en como juega la memoria con las palabras. Camino un poco más y estoy a un metro de la mujer, la observo y abandono cualquier duda que pudiera existir acerca de que ella es la mujer del cuento.
Ella está hablando con alguien, es el muchacho que en la clase se estaba durmiendo; le pregunta sobre la disponibilidad para acompañarla nuevamente esta noche a esperar fantasmas en el cementerio. Él le corresponde a la pregunta con un sí lleno de convencimiento.
En el cuento, lo acabo de recordar, ella consumía el sueño de los hombres, les extraía la esencia con la cual se duerme hasta que ya el hombre no dormía nunca más y se debía confinar a vivir en una casa llena de oscuridad porque la luz le agrietaba los ojos. En esa casa, los hombres que había ido cautivando terminaban convertidos en seres de piel transparente que servían a ella y a cuatro de sus hermanos que cualquier día se comían a los hombres porque eran caníbales.
Veo al muchacho besarla en la mejilla. La banda cierra el acto con una canción alegre. La alegría sale a repartirse sin pensar que la muerte le es prometida prontamente a este joven.
Oscar Vargas Duarte