Los señores de seguridad de la universidad, a
quienes regularmente nos referimos como vigilantes, se sientan en la portería
de cada edificio y ven pasar a estudiantes y profesores. El otro día mientras esperaba a que ocurriera
alguna cosa, me quedé observando a uno de ellos, el señor bostezaba la angustia
de saber que aún faltaban más del 75% de su jornada, desde su silla podría ver
a todos los que entraban al edificio.
Imaginé que el señor no debe pensar entre tanto
muchacho ruidoso hay algunos que tienen talento de sobra para mejorar el mundo,
o que hay otros a quienes apenas les funciona el cerebro para sostenerse, o que
hay unos que ni siquiera entienden como llegaron ahí.
El señor termina el bostezo y sacude su cuerpo,
se apresura a salir por la puerta para refrescar su pereza con el frío de la
mañana bogotana. Lo sigo observando,
supongo que puede tener hijos y les exige ser como los muchachos uqe estudian
aquí.
El vigilante descubre que lo estoy observando,
se siente espiado, entonces vuelve a su lugar, toma el radio y se comunica con
alguien. Lo ignoro un rato. Pienso que estas personas podrían ser los
mejores escritores del mundo, están todo el tiempo viendo a los demás,
alimentándose de imágenes, recibiendo solicitudes y quejas de maneras muy
diferentes según sea el que las haga.
Me gusta pensar que el mundo no se oxida, que
la mañana es una invitación a procrear ideas, que los hombres caminan para
recorrer el mundo y no para poseerlo. Me
gusta pensar que las personas gritan para felicitar o satisfacer su ego y no
para callar a los otros.
Me gusta pensar que algunos se cubren con la noche para ocultar deseos y pasiones
pero no para acechar en la sombra y asaltar a los desprevenidos. me gusta
imaginar que la palabra de los hombres que tienen el poder se contagia de
solidaridad y piden en el reino de la tierra por los hombres que vivimos en
ella, me gusta pensar que las mujeres aman a los hombres y los hombres a ellas.
Me gusta pensar que el sexo es un encuentro de
universos en el que todo es tan inmenso como el firmamento y no que el sexo es
una rutina obligada para quienes venden su cuerpo
Me gusta pensar que la calle se agita porque la
alegría es contagiosa y que las personas que se agrupan es para trabajar en
equipo y hacer un mundo mejor.
Me gusta pensar que la maldad es un cuento de
los escritores y uno lee de ella en los libros solo para enterarse de que eso
está mal, me gusta pensar que los que creen y los que no creen en Dios se
comportan de la misma manera y sus principios son los mismos, entendiendo que
los principios sean buenos y los hagan hombres mejores.
Me gusta pensar que tú me piensas y que sonríes
al imaginarte correspondiéndome con mis ideas.
La madrugada me despierta para que comparta con
ella el ruido de los que amanecen siguiente el rastro de la luna. La luna los ama, a unos por lúcidos y a otros
por lo contrario. La madrugada quiere
que los escuche, que sienta como sus pasos desgastándose en el asfalto traen
millones de historias que han ido sorprendiendo por la vida.
Así es la madrugada, fría detrás del vidrio de
la ventana y tibia en el interior de mi cuarto. Escucho un carro que recorre
rápidamente la avenida que está a una cuadra, supongo que el conductor no lleva
prisa, el cansancio no le permite otras necesidades. Los señores que reciclan ya comenzaron la
jornada y recogen el cartón de los almacenes de basura que hay en los edificios
de apartamentos. No se les oye cantar,
los delata el ruido de las cosas que arrastran.
Llevan niños con ellos, me da pena de mí mismo por no hacer algo por
ellos. La tibieza del cuarto sigue
siendo la misma.
Muevo los pies en la cama, los junto y separa
para que reconozcan la piel que comparten.
Pienso en el nombre de una muchacha que me gusta, juego con malos
pensamientos. Vuelvo al ruido de la
calle, presiento que la pareja que camina con prisa les cuesta el equilibrio, la
bebida les obliga a esforzarse para no caer.
Oscar Vargas