Jorge se despertaba en las noches llorando como si hubiese recibido

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Jorge se despertaba en las noches llorando como si hubiese recibido golpes sobre la cara.  Se cubría el rostro y lloraba hasta el cansancio, se dormía luego sin que mencionara alguna palabra o diera explicación alguna.  No lo creía, me parecía una invención del imaginario colectivo de mis compañeros.  Una tarde, estando en su casa, mientras esperaba a que volviera de la calle, la hermana me contó la historia.  Al comienzo escuché la historia de manera desprevenida pero con las palabras la concentración me fue poseyendo hasta que al final no pude despegarme de la narración que hacía la hermana.

 

 

Hubo una reunión de compañeros que se aproximó hasta la mañana siguiente, muchos se fueron a sus casas, ya ebrios, otros en el mismo estado se quedaron durmiendo sobre las sillas en la sala.  La hermana de Jorge estuvo con nosotros todo el tiempo hasta que Jorge la regañó delante de todos por no estar durmiendo.  Se fue apenada con todos por la grosería con la cual su hermano le hablaba.  En estos casos solíamos ponernos del lado de la indiferencia, así lo hicimos todos, mantuvimos el debido silencio mientras ellos discutían.  Martha, volvió de su cuarto cuando la borrachera había hecho añicos con la claridez mental del hermano y lo dejaba noqueado sobre una cama que aún hoy no se a quien le pertenecía.  En esa hora de la mañana el aguardiente estaba comprometido con quienes habíamos aguantado la abundancia alcohólica de la noche.

 

 

Juan Carlos estuvo el resto de la madrugada tratando de convencerla de alguna cosa absurda para esa hora.  La hermana se mantuvo hermética y no se atrevió a contestar preguntas que debiera responder con contenido explícitamente sexual.  Nosotros reíamos de ver su rostro de asombro.  Así dejamos de distinguir la noche hasta que vino el amanecer tranquilo y nos encontró a todos bostezando un tufo que se notaba a varios metros de nosotros.  Después de algunos juegos imbéciles me quedé dormido en una silla que estaba en la cocina.

 

 

Desperté con sed y con un dolor en la espalda que me hacía recordar la forma de la silla.  En la cocina alguien había dejado preparada limonada con hielo, me tomé un par de vasos llenos hasta el borde.  Nunca es suficiente el líquido para disminuir la sed con la que se despierta después de haber bebido tanto licor.  Debí haber estado durmiendo en ese sitio mientras todos mis compañeros se fueron a sus casas.  Salí de la cocina y fui a buscar a mi compañero para despedirme.  No lo encontré.  En el cuarto de él no estaba, en el lugar donde lo ví quedarse dormido tampoco.  Seguí la búsqueda sin encontrar a otro más que a mí mismo en el espejo del baño del primer piso cuando entré a orinar. 

 

Estuve un rato sentado en el sofá de la sala, quería dormir más pero no me pareció mejor idea ir a mi casa a completar las horas de sueño requeridas para descansar.  Junto a la puerta ví una botella de vino, mitad llena, mitad vacía.  Estaba pensando en tomarme un trago cuando la puerta se abrió y la hermana de Jorge apareció con una bolsa llena de verduras y frutas.

 

 

– Hola

 

– Hola

 

– Acabo de despertarme, bueno, hace un rato. Tomé limonada de la que había en la cocina, espero que no haya problema.

 

Ella se ríe y me da la bolsa para que le ayude a llevarla.  La sigo hasta la cocina.

 

– No entiendo como pudiste dormir en esa silla sin caerte.

 

– Ya ves, se es contorsionista, equilibrista al mismo tiempo que borracho y dormilón.

 

 

Reímos al tiempo.  Mientras ella organizaba las verduras y las frutas en la nevera yo tomaba limonada.  Hubo preguntas acerca de la noche anterior, comentarios sobre las situaciones cómicas y curiosas que se presentaron.  Quizá habían pasado más de cuarenta minutos cuando ella me dijo que Jorge había salido desde temprano porque viajaba para un pueblo cercano con uno de sus tíos.  Ella no podía ir con ellos porque tenía pendiente un control médico a la mañana siguiente.  No recuerdo que me haya dicho algo acerca del motivo del control pero debería ser algo sin importancia porque no hablamos mucho del asunto.

 

 

El silencio fue acordonando el espacio al cual parecíamos pertenecer desde hacía mucho tiempo.  Nos miramos un rato y ella me sugirió que me acercara a ver televisión mientras que ella me preparaba algo de comer para que se me quitara un poco la resaca.  Estuve medio dormido, medio zombie, medio despierto viendo el televisor.  La verdad es que ni siquiera cambiaba los canales o sabía que imágenes se sucedían en la pantalla.  Me despertó como a la media hora, traía un buen pedazo de carne y papás saladas.

 

 

La comida estuvo bien y me despertó de la pesadez en la que me consumía.  Después de sentirme dentro del mundo de los vivos gracias a la comida me dí cuenta que ella me estaba mirando de manera más atenta que los otros días en los que éramos dos extraños enlazados por algo en común, mi amigo, su hermano.  Volvimos a las conversaciones insensatas de la mañana, ella tenía claras las respuestas de cada uno.  No me parecieron agradables, ya estando sobrio, las respuestas que habíamos dado o las observaciones que habíamos hecho.  Me disculpé por algunas tonterías que dije en la madrugada y ella reía de verme tan incómodo.  La conversación se tornó más íntima y ella se atrevió a responder algunas de las preguntas, luego le hice otras y compartimos intimidades.

 

 

A mi gusto por los lunares le satisfizo mucho que me mostrara los dos que tenía en la espalda.  La tentación por tocarla en cualquier parte de su cuerpo se fue cumpliendo de a pocos.  Una vez, saber si era sensible en las rodillas, otra ver qué tanto lo era en el cuello, hasta que terminó recostada sobre mis piernas con la blusa abierta y los senos del tamaño de una manzana, expuestos a mis ojos, ampliamente acariciados por mis manos.  La erección sobre su espalda no tenía compasión con mi timidez.  Ella tomaba mis brazos y mordía mis dedos como castigo.  Las piernas fueron encontrando el camino hacia su ingle, las manos desprendieron la tela necesaria para que su desnudez fuese el único espacio del cual me enteraría por las siguientes horas.

 

 

Estuve en mi casa dos días después de haber salido de ella.  El regaño no hizo mella en mi ánimo, haber estado donde estuve era suficiente alegría para mitigar cualquier reprimenda.  La hermana de Jorge viajó a encontrarse con él, yo estuve todo el tiempo en la casa de mis padres.  Dormía, comía, dormía, salía a caminar, escribía poesías, volvía a dormir.  La dulce vida de la pereza.  Soñé durante varios días viendo a Jorge despertarse llorando y tomándose el rostro con las manos.  Me parece que más que tomarse la cara se quitaba hormigas de la misma, lo estaban picando, por eso lloraba y trataba de quitárselas.  No estoy seguro de si esto es invento de mi imaginación o porque me lo contaron pero es la razón por la cual creo que Jorge se despertaba llorando en las noches.

 

 

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El taxi toma la ruta que menos tiempo necesita para llegar a la oficina.  En algunas oportunidades la hermana del hombre que conduce nota que le veo los senos, no se inmuta, debe estar acostumbra a que la miren.  Pienso en que llegaré a la oficina a hacer nada, quedarán pocos minutos antes de la hora de salida, igual no tengo mucho ánimo para trabajar.  La estación de radio que se escucha está hecha de canciones antiguas.  Estornudo casi con pasión, algún polvo aspirado me obliga a hacerlo.

 

 

La mujer me alcanza un pañuelo.  Lo tomo y en el ejercicio de acercarme por el pañuelo ella me hace un gesto aprobando mis miradas sobre su pecho.  El taxista habla sobre la ventaja de conocer las mejores vías para poder llegar rápido a cualquier parte.  Lo observo sin emitir frase alguna.  En la entrada a la oficina están un par de compañeros fumando cigarrillo.  No se me ocurre como pedir el teléfono de la mujer.  El taxista me pasa una tarjeta con sus datos.  La tomo más con la intención de llamarlo y encontrarme con la mujer.

 

– El número de celular es el de mi hermana, pero igual con ella me puede dejar cualquier mensaje.

 

– Hasta luego, que estén bien. Gracias por traerme.

 

Los dos se despiden y antes de que pueda tener un nuevo pensamiento el auto desaparece al dar giro en la siguiente esquina.  Mis compañeros se mofan por la hora en la que vuelvo al trabajo.  Irán por unas cervezas al salir del trabajo.  Me invitan y les digo que seguramente iré con ellos, es un buen día para beber un poco.  Pienso en contarles la historia pero antes de que reafirme la idea recuerdo que regularmente hablan de trabajo mientras se embriagan.  Ahora tengo un motivo para no ir con ellos.

 

 

El orden en el escritorio no ha sufrido alteraciones. Todo es la misma rutina, libros, hojas, lápices, una taza de café fría, el computador y una nota sobre el teclado.  Recibí una llamada de la casa, eso dice la nota.  Llamo, es la señora que pasa a hacer el aseo.  Ha dejado todo listo, incluso me deja comida en el microondas.  Todo vuelve a ser advertido según la atención que se merezca.  Los minutos se tuestan rápidamente y finalizan la tarde.  Busco en internet el nombre de mi amigo Jorge con sus apellidos completos.  Existe la posibilidad de que encuentre sus datos en algún lugar público.  La búsqueda no sirve de nada.  Tomo la chaqueta y salgo sin pensar en las cervezas que me hubiera tomado con los compañeros.

 

 

.. continúa

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