Te comparto mis observaciones en la hora del almuerzo

El restaurante, no fue de los habituales a los que vamos con el señor hongo, varios salones, imagino que antes fue una casa grande y ahora cada cuarto, cada espacio fue convertido en teatro de mesas para comensales desconocidos.

 

El mantel en las mesas es blanca, triste derrota la del blanco sobre las mesas, al final de la jornada estarán pecosos de gotas de sopa, granos de arroz, harinas y otro grupo selecto de atrevidos que caen de los platos.

 

Quién los lavará ? Acaso una lavadora los acoge y de tanto giro, detergente y agua los devuelve a su estado de pureza.  Talvez una señora o señor de los que actúan como meseros deba hacer la tarea de entregarlos limpios para la siguiente jornada ? En este último caso, se turnarán el lavado de los manteles, se hará la entrega de esta tarea por castigo?  Son tantas preguntas en las que hace pensar un mantel que mejor y me concentro en la carta con la lista de comida disponible para la hora.

 

Sancocho del Tolima, la verdad es que me parece igual a los demás sancochos.  Este en particular, al saborearlo luego, trae la carne de pollo del campo.  Sabe bien.  Me atiende una señora, unos centímetros abajo de tu estatura.  Tarda en volver con el almuerzo, gentilmente dormido desde su brazo hasta la mesa.  Deja la factura, se retira, no me pregunta nada sobre las bebidas.

 

El radio suele ser una buena compañía cuando el señor hongo no quiere participar de las habituales eyaculaciones de verbos.  Almuerzo como si todo el mundo transitara en el plato, nada existe a mi alrededor hasta que llega un grupo de seis personas, hacen ruido suficiente para que mi compañía de siempre observe que vienen en parejas, hombre – mujer.

 

Difícil es no imaginar historias entre ellos.  Lo hago, una de las mujeres participa de convenciones de mujeres solteras que en su afán de conservarse así inventan teorías sobre la supervivencia del sexo femenino gracias a que ellas proveen el óvulo y el espacio en el útero para la vida de los fetos.  En un tubo de ensayo pueden caber millones de espermatozoides fértiles.  La mujer me observa y sonríe sin entender mi cara de interrogación.

 

Lleva ropa de colores grises.  Esta mañana antes de salir comulgó perfume sobre su cuerpo y luego tuvo un par de malos pensamientos con uno de sus compañeros.  Se santigüó ya muy en serio y salió a corromper el aire con su aliento de menta.

 

El hombre que se ha hecho a su lado trae la media del pie izquierdo rota, se le nota en la manera en como se rasca la oreja.  Mueve la pierna, la estira, busca ocultarla.  La media apareció rota entre su ropa, pudo haber sido cosa de brujas.  El hombre vive con su esposa y dos hijas de menos de diez años.  Alguien hace el pedido por todos.  El señor hongo se ríe de mis apreciaciones.

 

Termino de almorzar.  Noto que en otras mesas hay postre.  Algún tipo de dulce. No voy a esperar, de pronto el hombre de mayor edad, del grupo del que estoy hablando, se pone a llorar.  Trae una tristeza apretándole el pecho desde cuando cumplió trece años.  Estaba enamorado de una vecina que vestía faldas cortas.  Ella nunca lo supo, él no le ha contado esto a nadie.  Vive, como todos, de manera normal, él no lo sabe, pero esa tristeza es la que le hace dolor las piernas en las noches de frío.  No sabe que su dolor se sucede porque un día descubrió a su padre meter mano debajo de la falda de la señora de quien él estaba enamorado.

 

Este hombre irá un día al sicólogo y entenderá porque es un hombre triste, no diré que es un hombre gris porque los hombres grises tienen un orgullo que los hace ser fieles a su tristeza.  Este hombre busca maneras de desprenderse de ese dolor del que estamos hablando.

 

Pagué.  La señora no dio saludos o gracias por la compra.  Hoy me gustó eso.  Ni siquiera recuerdo como era.  Ella dirá lo mismo de mí.

Oscar Vargas

Deja un comentario