Hay una mujer para quien ya no existo

Hay una mujer para quien ya no existo. Eso me duele porque me sentiría mejor persona si pudiera hacer parte de sus espacios, sin embargo, ella no quiere, ya no existo para ella aunque en su memoria hay varios capítulos escritos con mi tinta. Son cosas que pasan, nos van olvidando y cuando nos recuerdan es para afirmar nuevamente que no quieren nada de nosotros. Así nos pasa a todos.

Me duele, esta mujer no se viste de instintos o razones, es tan primaria como yo, unos días viste la pasión y otros la ternura, puede caerse del árbol del razonamiento y subir sin temores al de los instintos. Se parece a mí aunque es diferente en todo. Eso me gusta de ella. Me hace falta, no hay dolor al confesarlo, la extraño y no hay ebriedad en esto. Esta mujer se sacude rápidamente la madrugada y comulga con la misma velocidad en el desayuno con el mundo que no tiene par. Igual observa a unos pájaros y se acuerda de un amante, así mismo hace con la música, le viene de pronto una tonada y tal vez no se acuerde de otra cosa más que de los aromas de la cocina.

Piensa que la vida es color de rosa, pero cree que el rosa es un color para los cementerios y los adultos inmaduros, suele pensar que la vida es un oscuro canto al desgano, también en esos momentos puede ocurrírsele que la vida es un vagón de tren con muertos y vivos como pasajeros. No escribe, no lee; escribe y lee. No narra ni escucha; narra y escucha. Se parece tanto a mí, que no saber de ella y entender que me ignora hace que me sienta disminuido.

Hay una mujer para quien mi nombre es un escupitajo de aceite sobre su mesa, no le gustan el aceite ni los escupitajos, claro que también en su memoria, la que la traiciona a veces, soy una especie de sacrilegio en el cual le gusta estremecer sus deseos. Yo me pregunto cuanto pierden mis letras porque ella tenga razones para desatenderme y hacer de mí un asunto impensable en sus días.

Sean en ella mis sepulcros y unas cuantas reencarnaciones, tal vez un día vuelvan a mí sus sensaciones.

Oscar Vargas Duarte

Deja un comentario