Arequipe

La vitrina se ve contagiosa, uno de los artículos exhibidos imprime deseo a los ojos que lo miran.  La mujer observa a quien atiende, le sonríe antes de la primera palabra, lo saluda y ante la primera expresión de interrogación le dice que desea llevar cierta cantidad de leche.  Quien atiende se aproxima al interior de la vitrina y saca la cantidad suficiente para atender la solicitud de su cliente.  Luego, cuando ha constatado la cantidad exacta levanta los ojos y con la mano guía a quien la atiende para que le ofrezca una marca especial de azúcar que se expone en la estantería del local.

La mujer paga el valor exacto y se retira, claro, no sin antes haberse despedido cordialmente.  Camina hacia la casa, busca las aceras más limpias, algún vicio adquirido en la edad temprana la obliga a suplicar por encontrar siempre asfalto limpio.

En la casa, se deshace de todo lo que no es necesario y busca rápidamente la cocina.  Su memoria pasa de la fragilidad a la certeza, recuerda exactamente la receta y se dispone a preparar lo que su corazón le pide.  El aroma es recurrente y seguramente se escapa por las ventanas, ella dilata al máximo su olfato y prepara el sentido del gusto para sorprenderse con lo que está preparando.

Son tres horas después de que la mujer ha terminado todo en la cocina.  La puerta se abre y el hombre que busca el cuarto, en donde ella espera sentada en la cama.  Usa un blusa abierta que le permite al hombre ver más allá de lo necesario.  El hombre sufre salivación excesiva y al verla más profundamente descubre que la leche y el azucar, las esencias y el dulce le convierten los senos en arequipe.

Oscar Vargas Duarte

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