No hay nada que te queme, tampoco algo que lleve a tu boca fuego o hielo seco

No hay nada que te queme, tampoco algo que lleve a tu boca fuego o hielo seco. Esto lo se de otros siglos, años viejos que inundados por otras vidas añejas en el tiempo hoy no somos capaces de recordar claramente. A cuento de que viene esto a escribirse, ya lo irás sabiendo, o puedes empezar a imaginarlo. Esta mañana descocías tu ropa para meterte en el agua de la ducha, presentías allanamientos de las gotas en tu cuerpo, también sabías que podrías quebrar tus promesas ofrecidas en lo días que se nominan con verbos en pretérito.

Eras harina, pan, vegetal y avena. Lo se ahora que pude ver tu cintura y tu cabello. No lo recuerdas y tal vez no me importe que lo hagas, eran otros días, yo me dormía en tu cama después de atar tus manos en la sombra de mi espalda. Eras mi negocio y yo tu venta diaria, nunca el sexo fue tan placentero, tú en los anuncios de mi rostro y yo en los remedios de tu boca. Me dormía en ti cada tarde cuando me fugaba del colegio a buscarte en tu casa, habías hecho lo mismo con tus clases, un abandono más por encontrar mis antojos regocijados en tu cuerpo.

En el extremo, la extensión de tu yo se empalagaba de días, orgasmos de arena cubriendo mis párpados. Agitabas en bengalas tu cintura y circundabas los vestigios de mi piel con tu cabello. Hoy reconozco que eras tú la misma mujer que sobornó mis oscuras estancias de poeta, doblegabas con hechizos de tu piel la soledad que palidecía en mis mejillas. Bailaban de ti hacia mí ese éxtasis de carne que ahora puedo ver de lejos, eras tú también la mujer que mordió el silencio de mis manos cuando ellas se atrevieron a irrumpir bajo tu blusa.

Bellos los colores de tu piel se ensancharon en mis ojos, era así antes y hoy pareciera que ocurre nuevamente, esos tus senos llenos de lecturas y ocurrencias son los mismos que callaron mis quejidos y mis risas, todo lo cubrías con ellos, solo necesitabas a tus manos desnudándolos para que mis lamentos fallecieran y entonces me dedicara a hablarles con la lengua a las sombras de tu pecho.

Tus ocultos eran la devoción mediática en la que acomodaba mis deseos, lo sabías y por eso tu sonrisa era una hamaca en la cual sentabas mis prisas por encontrarte, fue otro tiempo, yo lo recuerdo por haber visto nuevamente tu piel que no envejece, ya sabes, eras así antes y lo eres hoy también. Tu cabello siempre fue cómplice de tu cuello y le protegió muchas veces de caricias, ahí, ahí sucumbieron hecatombes que llevaron derrumbes de besos a tu espalda. Esa tu mano que ocultas es la misma que se preñó de angustia ante el calor que se prendía en la palma cuando sujetabas mis concilios, aquellos que redimirías en humedales en tus piernas.

Apenas pude tener una aproximación de tus bien formadas curvas, a dónde me llevarán cuando pueda volver a protegerlas con el velo de mis manos, no podría saberlo y tal vez mejor no pensarlo. Te vi tendida en el blanco, quizá equivoque el color ahora, eras una especie de hormiga extasiada de trabajo. Para mí, con esa misma brasa que cobijaba tu saliva el final de mi cabeza en el cuello.

Éxtasis de ti, eso es la congregación de piel que pude ver en este tiempo de tu cuerpo. Una estancia en ti sería inagotable de deseos y prisa por la entrega, también por la posesión que me permitirías de tus gestos. Tu callas el orgasmo, eso es aún más placentero, he de aprender a escuchar tu corazón que jamás dejará de gritar el gusto de tenerme hirviendo en el caldo de tus trigos.

Oscar Vargas Duarte

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