La noche nunca ha muerto, de hecho ella no sufre de este mal

La noche nunca ha muerto, de hecho ella no sufre de este mal que los humanos suelen endilgarle cuando se refieren a eventos propios de su mortalidad, igual lo hacen cuando de la oscuridad continúa su rumbo hacia las zonas donde la luz deja de verse.

Es un rostro repetido en sus sueños, una canción de cuna con la cual inicia y termina la noche, no importa el cansancio, la ebriedad, el enojo, es que esa imagen es la que utiliza para buscar en él la afición por el amor y el placer.

No se trata de una afección que pueda denominarse en términos médicos, es una afección de la cual goza, apenas deja su cabeza sobre la almohada trae la imagen de esta mujer y a partir de ella se figura momentos de éxtasis, regocijo, placer, amor y otras cuando la sensación de desfallecimiento lo conmueve, entonces son de celos, tristeza y desamor.

Unas veces la toma por asalto detrás de la puerta de su casa, otras todo sucede después de una invitación a cenar, o quizá si su sonrisa es amplia todo lo imagina después de haber contemplado todas las posibilidades de diversión con ella en una playa o en una cabaña en el campo. Le gusta esta manera de tenerla, puede apasionarse, darse sin remordimientos.

El otro día terminó de escribir para ella una carta, toda la semana estuvo, antes de irse a la cama, sentado frente a su escritorio dedicado por completo a contarle sus días, sus rutinas, en una carta que escribía verdaderamente ilusionado. Fue al correo y luego agitado de risa volvió a su casa porque no tiene la dirección de su casa y pues no sabría a donde enviarla, entonces, buscó al azar en el directorio telefónico hasta encontrar una mujer que tuviese el mismo nombre de ella. Envió la carta más tarde, mintió sobre el remitente. A veces imagina el rostro
de la persona que recibió la carta, una prosa de amor que no sabría quién le escribió.

Las lecturas de Borges, Saramago, del marqués y de muchos que lo transportan son imaginados siempre a su lado, ella recostada sobre sus piernas mientras el aroma de una café se deja oir en la nariz, algunas ocasiones es vino caliente o simplemente una buena cerveza, todo depende de la hora en la cual se imagina la lectura. Así es, suele acompañarse de ella en sus lugares más íntimos. Es una manera de poseerla al mismo tiempo en que la ama.

Oscar Vargas Duarte

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