El hombre apenas recuerda vagamente las imágenes

El hombre apenas recuerda vagamente las imágenes. Toma la nota de la mesa y vuelve a leer la dirección, el teléfono y el nombre de la persona que debió anotar la noche anterior. "Llevar leche y pañales para un bebé de 10 días, con esperanza y mucho amor Ana Isabel". Incomprensible cuando apenas si logra entender como llegó al apartamento. No es que el vicio por el licor sea una locura, los días en que lo hace solo en la casa no corre ningún riesgo, todo está bien mientras la nevera mantenga completa la lista de licores que a él le gusta.

Ducha, cambio de ropa, componer los objetos en el cuarto, buscar en la cocina la bebida para refrescar el hígado, música que lo llena de sentimientos. Todo está igual que ayer, claro, excepto por la nota que ahora reposa en el bolsillo de su camisa. Tinta azul, la letra es la propia, incluso está su firma en una de las esquinas de la nota. Ana Isabel – Siempre quiso tener una novia que llevara esos nombres, nunca ocurrió y mucho menos va a saber cómo es que en la nota le pide leche y pañales.

Ejercicios de contabilidad básica, nueve meses más diez días atrás, estaba aquí, no había viajado a parte alguna, tampoco recuerda haberse dormido a una mujer en ese tiempo. Doloroso, imaginarse padre sin saber cómo ni cuándo. Ejercicios de memoria básica, no llega a conclusion alguna que suponga una relación con una mujer con ese nombre.

El teléfono es la mejor opción para averiguar quién es la mujer de la nota. El timbre apenas se escucha dos veces y una voz al otro lado de la línea contesta. Con temor saluda y antes de que pregunta por Ana, ella le recuerda su nombre.

— Hola, cómo vas!? Estás bien!? Habías dicho que llamarías a esta hora, qué puntual eres.

La timidez ha sido un problema constante, no se atreve a preguntarle nada. Solo responde que está bien, muy bien, como siempre.

— No voy a salir a ninguna parte, vas a tardar cuarenta minutos en venir. Ya compraste los pañales, la leche es lo más importante.

Una respuesta atenazada de dudas y se compromete en llevar rápidamente lo solicitado. Confirma la dirección y sale al supermercado a cumplir con la compra.

La mujer le abre la puerta. Ana lo mira y le sonríe con timidez al comienzo y luego arroja una sonrisa de pájaros y mariposas. El solo piensa en las preguntas que le hicieron en el supermercado acerca de la marca de la leche, el tamaño y las formas del pañal. Al final después de que ella lo invita a seguir se sorprende de ver la sonrisa aún esbelta en su rostro.

El lugar es un completo fracaso para su memoria, no lo recuerda, es la primera vez que se encuentra en él. Los aromas no le dicen nada, solo ella le habla en todas las maneras a las cuales está acostumbrado, incluso podría pensar que le escucha conversaciones en formas que no reconocía antes.

— Eres muy cumplido. Mira que ya estaba haciendo falta el pañal, tuve que ponerle una de mis camisetas.

— ..

— Claro, acuérdate que me habías dejado algo del efectivo que llevabas, con eso compré un poco anoche.

— ..

— Te ganarás el cielo y más.

La memoria es obligada al esfuerzo. Nada, no recuerda a la mujer. Sabe su nombre y ella le habla con absoluta confianza, es más, puede sentir como esta mujer sería capaz de poner en sus manos su vida. Confianza plena, de la que se le da solo a quienes amamos. Las preguntas no son adecuadas en este momento, mejor y luego cuando ya tenga suficiente idea de quién es, le preguntará todo.

— ..

— Nombre? El tuyo. Llevará tu nombre y conservará tus principios, llevará tu sonrisa, caminara como tú — Mejor no, que caminas extraño. Será como tú. Ya verás.

Ella no ha entendido que toda esta confianza y las maneras fáciles como ella le habla no le son naturales a él. No entiende, no sabe de dónde, ni como la conoce, sin embargo, siente tanta piedad y ternura por Ana que no dejaría un solo instante de estar pendiente de ella.

Le sirve un café y lo deja solo un rato mientras cambia el pañal del bebé, luego vuelve y se lo deja en sus brazos.

Oscar Vargas

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