Una terna de vestidos, pantalones y blusas. Los lugares para comprobar la medida de la ropa y verificar mediante los espejos que la misma es la adecuada están vacíos, lo dicho es mejor estar a esta hora. Zapatos, faltan los zapatos, es quizá una manía olvidarlos, deja las prendas en uno de los cubículos y sale a buscarlos. El color apropiado, la talla es la de siempre, no hay quien presione con algún modelo especial, de manera que es solo escoger por medio del gusto.
El espejo es una dicha, el tamaño hace ideal verse, de pies a cabeza. Está desnuda y comprende las palabras, unas obscenas, otras agradables, acerca de su cuerpo. Bella de montañas y curvas, delgadez envidiable, buen color y, aunque los hombres no lo ven, una delicada línea de vellos agradeciendo en su sexo. Se sonroja de pensar lo último y aún así se acaricia mientras el espejo la nubla de su propia belleza. No es mucho lo que puede hacerse, alguien puede venir y darle un susto al encontrarla atardeciéndose con esa caricia.
Dos vestidos y ninguno combina con el par de zapatos azules. Hay que escoger otro par, claro esos son los adecuados. Los minutos no se frenan para verla, pasan de largo y suman sin que ella lo note. Ya sabe cuáles son los que llevará y también ha imaginado el día en el cual utilice cada combinación que ha escogido. Ha dado un par de pasos para salir de los vestidores y sin que medie advertencia alguna todo queda en oscuro absoluto.
Escucha voces y pasos. Mantiene el silencio y la posición. No piensa moverse hasta saber quién está cerca, claro que ya ha tenido la intención de gritar un par de veces.
El hombre de la seguridad del almacén viste de uniforme, imitación de la milicia. Camina alrededor del almacén, busca el origen de los ruidos. Sonríe con malicia siniestra, está es una manera de decirlo, realmente no puede notarse en su rostro una apariencia del mismo, por la oscuridad. Lleva una linterna y no la usa, en su prevención cree que si alguien se encuentra adentro verá la luz y le será fácil ocultarse.
Ha pasado dos veces junto a los vestidores, no ve nada y sin embargo se siente observado. El radio lo descompone al sonar intempestivamente.
— Si señor, claro estoy vigilando.
— ..
— Creo que se ha quedado una mujer encerrada. Si es una ladrona, ya sabes lo que le entra pierna arriba.
— ..
— No jodas, nadie se da cuenta, solo tú que ya lo sabes.
— ..
— En la bodega, como las cámaras no están activas a esta hora se puede sin ser grabado.
— ..
— A la calle, en la basura, hoy han sacado varias cajas.
— ..
— Tú pasas luego. Hecho yo espero a que vengas.
Ella escucha la conversación y siente en el tono de la voz del hombre una malicia grosera. Sabe que si la atrapa, aunque no está haciendo algo malo, ese hombre le hará sentir la maldad sobre su inocencia. Busca otro lugar en donde pueda ocultarse.
El hombre busca, da giros y encuentra una prenda que se le ha caído a la mujer. Se da gusto mental ideando las rutas por donde ella debe estar escondiéndose. La mujer está cerca, ese aroma que siente no es el del almacén, es más, se hace fuerte cada vez que se acerca a los estantes de la ropa deportiva. Ella siente los pasos, presiente el olor del asco ante la presencia del hombre. Está a un par de pasos, ella se acomoda en posición fetal, es apenas una masa, lo más pequeño que puede encogerse.
— Ya te tengo perrita.
El radio del hombre suena y lo obliga a sostener una nueva conversación.
— ..
— Estás cerca ?
— ..
— Listo voy hacia la puerta. No hay luz, todo está oscuro, de modo que no se te ocurra hacer chistes.
— ..
Ella aprovecha la oportunidad y cambia de escondite. Ahora son dos los malditos que la están buscando. El tic nervioso con el cual expresa su miedo empieza a delatarse en la mejilla. Los escucha a lo lejos reirse. El hombre hablo de una bodega. Seguro si se esconde allá no irán a buscarla, supondrán que no sabe de la existencia de la misma y entonces creerán que está detrás de algún estante. La decena de minutos que tardó en encontrar la puerta tuvo que sumarlos en gotas, los hombres se escuchaban reir mientras caminaban paso a paso el local.
Algo le dice a ella que solo faltan unas horas para la madrugada, el cansancio le delata la cercanía de la luz. Ellos no vendrán. El silencio ha sido largo y ella se mantiene escondida detrás de unas cajas.
— Mira, si no está en el almacen, debe estar en la bodega.
— Seguro que no te lo soñaste, hemos buscado toda la noche y nada.
— Vamos a la bodega.
— Si no la encontramos tú pagas el vino esta noche.
— Que sea una apuesta.
Los hombres ingresan a la bodega, armados del sigilo de los gatos van despejando las áreas ocultas, nada por ahora.
— Mira, solo queda esa zona que siempre ha estado cerrada.
— No seas necio. Esa puerta nunca la abren.
— No voy a perder la apuesta sin haber buscado en todos los lugares posibles.
La mujer aterriza el miedo en su cuerpo, los siente cerca, están frente a ella. Los ve, siente como los ojos de malicia se les congela en un gesto compartido.
Son las nueve del nuevo día. El personal de la mañana reporta que el almacén no puede ser abierto porque el vigilante no se encuentra. El administrador llega avisado y antes de abrir profiere improperios contra el vigilante.
— Tú y tú. Busquen a ese sinvergüenza en la bodega, seguro está durmiendo por allá.
Un grito inaugura la mañana. Un esplendoroso grito que dan las mujeres a las cuales enviaron a buscar al vigilante.
La imagen de dos hombres con los ojos sangrando de miedo, muertos, y un cadáver hecho esqueleto en frente de ellos.
Oscar Vargas Duarte