A dónde ibas aquella tarde cuando giraste para verme

A dónde ibas aquella tarde cuando giraste para verme a los ojos y luego yo no pude impedir seguirte para siempre. Eso estaba pensando esta mañana cuando hacía fila en el banco, más de un cuarto de hora de espera y los cajeros apenas habían atendido un par de personas.

Algunas personas me recuerdan a ti, vienen, al parecer, cubiertos del mismo empaque. Era una mujer de no más de veinte años, con el cabello a media asta sobre los hombros. La ví un buen rato y tuve que sonreír calladamente al imaginar que esos pendientes adornando sus orejas eran los mismos que tú usabas cuando ibas a caminar al parque.

Había un señor que en sus manos llevaba el sobre de la consignación y jugaba con él como si se tratase de un cubo mágico. Tú y esa manía de hacer figuras con todo aquello que permitiera dobleces.

A esta hora ya la ciudad despide a muchos dejándolos en sueños profundos, yo me doblego ante la tentación de escribirte y no siento fatiga, o no la pretendo. La casa es el mismo fragmento de sugerente hechicería que dejaste antes de irte. Están por ahí refrescando las horas los relojes que regabas en el piso o escondías detrás de los muebles, tú y la idea de creer que de esa manera el tiempo no podía apresurarse tanto porque cada reloj le significaba un esfuerzo adicional para medir los segundos en nuestro espacio.

Esta mañana cuando me atendieron en la caja del banco sentí derrumbarme, creo que la cajera lo notó mucho, no es que se pareciera a ti, era precisamente lo contrario, no tenía nada en ella que me acercara a las formas de tu cuerpo y tampoco habían colores en sus ojos o cabello con los cuales pudiera identificarlos con los tuyos.

Observé detenidamente a la cajera mientras ella ejecutaba la operación frente al computador, al verla sabía que toda ausencia es un llamado a recordarnos eso que nos falta. Exacto me faltas tú y cada rutina con la que me sometías dulcemente para amarte.

Salí del banco y fui a recorrer locales de venta de libros, no encontré ninguno y quizá no estaba buscando nada. Tres horas perdido entre la polilla de los libros viejos y los amantes de encuentros secretos con libros que no conocen.

Tuve que soportar la tentación de ir a buscarte. El cementerio está a más de dos horas de estos locales.

Oscar Vargas Duarte

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