Podría decir que fueron una docena de pasos, un kilómetro, media milla e incluso decir que te detuviste por completo mientras jugabas a formar imágenes con las nubes, sin embargo, para ser exactos con tu sueño, debiste parar a ajustar los cordones de tus zapatos. En ese instante volviste a escuchar la presunción de voz que te llamaba. Tomaste rumbo hacia donde el llamado se originaba. Apenas un minuto y ya veías a un niño que con lágrimas en sus ojos buscaba en el horizonte consuelo.
No me acerqué tanto como para saber de qué hablaste con él, pero al final de la charla, él llevaba el rostro bañado en alegría, respirando felicidad. Le diste un beso en la mejilla. Volviste al camino, la larga línea por donde dejas tus huellas.
Me acerqué al niño y antes de que pudiera preguntarle qué tanto le habías hablado, me dijo, cuando quieras haz sonar una campana y un ángel vendrá inmediatamente a consolarte, te hará feliz y sentirás como si toda tu vida se renovara.