La banda toca y ella no está

En el bar de la esquina están los de la banda preparados para empezar la primera tanda. Me han dicho si esperan, y yo como los otros desde las mesas hacemos un gesto de que es hora de empezar a tocar. El baterista, con quien acordamos el monto para tocar esta noche me había preguntado lo mismo desde antes, yo tuve que contarle que la muchacha invitada no vendría esta noche. Usarán la lista de canciones que yo les pasé el lunes cuando cerramos el contrato. Tres tandas de cuarenta minutos.

En la mesa a mi lado izquierdo hay una pareja, un muchacho con el cabello corto y una barba arreglada por barbero especialista en rostros redondos. Lo acompaña una mujer con una voz delgada que no avanza a los tonos medianos. Se han estado tocando debajo de la mesa mientras la guitarra repite las notas de Tren Al Sur de Los Prisioneros de Chile. La muchacha que atiende las mesas los ha estado mirando hacerlo y sonríe contándole al hombre detrás de la barra.

La muchacha se ha dejado las botas de lado y le toca con unos dedos descalzos un lazo del deseo que le sube desde los tobillos. Yo vi cuando ella se quitó los calcetines, los dejó dentro de la bota, y desde entonces ha estado desnudando la pierna del hombre. Él disfruta esta ternura femenina de la que es capaz su pareja, y este nivel de compromiso es una interpretación mía, podrían ser dos personas desconocidas que se encontraron a dos calles de este lugar, hablaron como lo que eran, y se atrevieron a juntarse para estar aquí escuchando a los músicos que yo contraté para que tocaran las canciones que me gustan a una mujer que no está en esta noche.

En los televisores del bar presentan el partido de tenis entre Djokovic y Zverev. No alcanzo a ver el marcador en la parte baja del televisor. Ahora la banda está tocando Mi Persiana Americana de Soda Stereo. Y soy un espía mirando al hombre de la gorra de color negro que mira hacia otra mesa en vez de ocuparse de las dos amigas con quienes salió esta noche. Están comiendo hamburguesas y tomando cerveza rubia. No debe tener treinta años, yo supongo que está pensando en la hora final de esta noche cuando llegue a la cama sin tener otra idea sobre el mundo que dormir y despertar, olvidar y soñar.

Ella no está. La banda toca las canciones que más me gustan. No querían tocar La Sirena Varada, pero la están tocando ahora. “Echar el ancla a babor, Y de un extremo la argolla, Y del otro tu corazón…” Al muchacho de las mesas que está atendiendo la mía no le va bien con los nombres de las cervezas que pedimos. Creía que solo era a mí a quien le había traído una cerveza equivocada, pero escucho a los de una mesa reclamarle porque les ha llevado cervezas rubias en vez de negras. A la muchacha del bar, quien atiende las otras mesas le gusta la canción que tocan los de la banda, se me antoja pensar que se mueve entre las mesas igual que Bunbury.

El cantante está leyendo un poema. Había olvidado que le di ese poema para que lo leyera esta noche. Lo escribí para ella, ahora recuerdo le conté lo leería al final de la noche. Me gustan, esas palabras me gustan, usa unas como beso, lengua, noche, madrugada, caricia, cama, líneas, curvas, fuerza, adentro, afuera, manos, palmas, vientre, agua, y otras palabras con las cuales quería hacerle saber de mis memorias futuras con ella.

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