Fortunas casuales

Ella ofrecía la verticalidad de la espalda recta y las botas de tacón alto, estaba haciendo fila detrás de un hombre que pedía un capuchino deslactosado y una torta de amapola. Yo la vi desde la silla en donde el café americano se iba enfriando después de los diez minutos que habían pasado desde que había recibido el pedido en la barra. Un pantalón negro ajustado a sus piernas largas, unas botas del mismo color y con un tono más oscuro, una blusa azul con borde unos centímetros debajo del borde superior del pantalón.

Pidió un té y surtió la misma rutina a la que nos obliga el lugar, terminar la fila de pago para esperar a ser llamado y luego recibir el producto en otro lugar de la barra. Cuando miró hacia la zona de las mesas debió notar lo que yo estaba viendo, todas ocupadas y en mi mesa una silla desocupada para compartir. Eso pensé, si viene le diré que puede estar en la mesa mientras se toma el té.

Se aproximó con decisión y sin timidez alguna, preguntó si estaba ocupada y si podía sentarse allí. Asentí con un gesto de la cabeza, y dije, claro, siga. Sentada delante mío y hizo algunos movimientos con la mano como si quisiera desprender del aire alguna señal para dejarla caer sobre la taza abierta. Dio paso al primer sorbo tomando con la mano izquierda la taza y llevándola a la boca. Ya había visto sus labios pintados con un labial de color rojo suave y sus negros absorbiendo la luz del lugar. Una luz que empecé a creer me pertenecía solo por estar cerca de ella.

Adelanté el brazo hasta el libro para que los dedos de la mano derecha dieran paso a la siguiente página. Apareció un poema más, lo leí con un temblor interno al ver que ella se ocupaba en ver la página par en donde habían sido extendidas las palabras como peces recién desprendidos por el día en la red de un pescador. Lo leí, a propósito, en voz baja, con suficiente pulso verbal para que ella también lo oyera. Supe que me escuchó cuando vi de reojo su rostro siguiendo el verso que yo iba leyendo.

Cuando ella miraba hacia los lados yo levantaba mi rostro para quedarme viendo su rostro, cuando yo me quedaba viendo hacia las páginas ella miraba mi boca. Me dijo, ¿quieres un café? Voy por otro té. Respondí con inocencia y atrevimiento, solo si me dejas leerte los poemas. Sonrió y mientras me miraba dijo, ya lo estás haciendo. Y era verdad, cada vez había empezado a subir el tono de la voz. Incluso sentí una voz desde la mesa vecina halagando que todavía un hombre leyera poemas a su pareja.

El libro de poemas cambió de manos, desabroché la boca y olvidé mi timidez, ella puso acento a algunos de los poemas, dichos por ella se leyeron mejor. Estaba a punto de ofrecerle horizontes sin mañana, y liturgias sin altar cuando una muchacha vestida con ropa deportiva se acercó a la mesa, se sorprendieron una a otra con la risa, dieron un abrazo de amigas, y ella comentó que debía irse. Se llevó mi libro, y ahora los poemas que leyó ella conmigo me parecen mejor que cuando los escribí.

Imagen de Anastasia Gepp en Pixabay

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