Divorcios conectados

Mira a su tío y sin pensarlo mucho lo observa como a un lugar común, a una costumbre de difícil erradicación. Los treinta años de diferencia los establecen con claridad las canas, las arrugas, el color de los ojos, y sobre todo esto identificado por él como la necesidad de ofrecer un consejo, de expresar la sabiduría de la edad.
— Sí, estoy casado. Antes de que la conversación se convierta en una escena de interrogado e interrogador le hace un comentario — Bonita camisa tío, con ese color se ve elegante. Continúa. — Sabe una cosa tío, se ve bien así, se le nota fuerte y vigoroso.
Escucha una nueva pregunta, aunque quiere desviar la conversación a las oraciones comunes entre desconocidos no lo logra, en vez de una frase hecha sobre el tráfico de la ciudad, el clima o la distancia entre políticos y sociedad, recibe un nuevo interrogante.
— No, no tuvimos hijos. No le había dicho, pero nos separamos hace unos meses. Recibe lo inevitable, primero una invitación a recapacitar sobre la necesidad de ser padre, de mantenerse unido a la pareja hasta la ancianidad, lo importante de estar acompañado. —Tío, sí, claro, tiene razón, a pesar de eso hay otras cosas, así me digan materialista, a mí me parece importante el dinero. —Mire tío, esos zapatos suyos están muy formales, son un buen complemento de la camisa y del pantalón. Es que a mí me gusta estar bien vestido, por eso le digo esto de la ropa. Antes de conocer a mi esposa no me fijaba en eso, luego ella me enseñó lo fundamental de la imagen de una persona. No, no estoy desviando la conversación, (aunque quisiera, —esto lo piensa y no lo dice).
— ¿Lo del dinero? Claro, ya le cuento, mire, ella es una mujer con unos buenos ahorros, yo no sé si es cierto, pero a mí me dijeron que casi todo su capital es porque ella se divorció y en la separación de bienes le tocó una buena porción. Yo digo porción, solo por decirlo, porque la verdad es que más bien fue la mitad. Sí tío, muy curioso, tiene por ahí unos quince más que yo. — No tío, no sabía de su divorcio con su segunda esposa. Es por eso que sabe de los costos, más si le tocó darle más de la mitad de sus bienes. Bueno, a mí no me ha tocado la peor parte. Ese reloj suyo es de gente distinguida, yo tengo uno parecido, no me lo pongo porque es muy vistoso, y pues como no conozco este barrio me lo quité al bajar del auto. El mio se parece al suyo, muy parecidos. También pasa tío que uno se cansa, y yo me cansé. Claro, poco tiempo, sí, muy poco, pero es que ya le dije, la plata, y a mí me gusta ser independiente.
— No sé en dónde está, con ella habla mi abogado, a mí ya me hicieron el traspaso de lo que me correspondía. Muy poco, yo apenas tenía la buena voluntad, y me la quitó, la buena voluntad que le tenía se perdió. A mí no me gustaba usar sombrero, lo uso porque lo aprendí con ella, tengo uno como ese que lleva puesto tío. De esa misma marca. — Ya le dije tío, yo no tenía mucha plata, ahora sí, y bueno, se me nota la elegancia como a usted. — Es que a uno las mujeres lo pulen, eso que hablan por la calle es cierto, uno es una roca y la mujer lo pule hasta volverlo una obra de arte.
— ¿Y cómo se llamaba su segunda esposa tío? Mire que curiosa la vida, como mi ex.

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