Equivocaciones afortunadas

Salí a la recepción a recibir un paquete, un par de libros enviados desde la librería. Junto al hombre de la portería una mujer de ojos negros y cabello más oscuro recibía también un paquete. No la había visto a ella antes, esta circunstancia no se debe a ser nuevo en el conjunto de apartamentos en donde vivo y, luego lo supe, a una condición similar en ella, los dos habitamos el apartamento en que vivimos desde hace más de cinco años. El portero, para darle un nombre pongamos Juan, y con mayor confianza digámosle Juanito. Juanito me pasa dos recibos, el del gas y el de la energía, con ellos un paquete cuadrado envuelto en papel, es el que doy por sentado son los dos libros enviados por la librería. La mujer, también tiene nombre, María. María toma en sus manos también un paquete similar al mío, yo estoy distraído viéndola, su ropa está compuesta por una blusa de color azul oscuro, un pantalón blanco, unas zapatillas deportivas de color azul. Me estoy fijando en dos lunares al lado del arete que cuelga de la oreja izquierda, quizá es en ese instante cuando me desconcentro, y ella igual, se ve molesta por mi intromisión visual, yo pienso en que estamos acostumbrados a utilizar las palabras derecha e izquierda para las extremidades, brazos y piernas, para los pies y las manos, no lo hacemos con las orejas, por ejemplo, no le decimos a alguien, escúchame con tu oreja izquierda, acerca tu oreja derecha, te susurro en la izquierda y del mismo modo en la derecha.


Yo vivo en el apartamento 701 de la torre cuatro, como es el único ejercicio físico que hago sin sentir el esfuerzo de los deportistas o la necesidad de quienes ayudan a su dieta con prácticas deportivas, subo las escaleras, lento y suave para no llegar ahogado a la puerta, y así lo hice. Cuando estaba abriendo escuché el sonido del citófono alertando con su ruido de música el llamado desde la recepción. Juanito me pide el favor de no abrir el paquete recibido, no es el mío, él se confundió, los repartió mal, a mí me dio el de la muchacha de pantalón blanco y blusa azul, María, y ella está enojada con él por no prestar suficiente atención a su trabajo. Ahora debe él llevar el paquete, así, primer venir hasta mi apartamento, luego ir hasta el de ella, torre dos, apartamento 401, intercambiar los paquetes, y volver a donde empezó la ruta de devoluciones para entregarme el que corresponde. Toco el paquete, lo palpo, También es papel, quizá no es un libro, podrían ser tarjetas de navidad, aunque el tiempo para la navidad está muy lejano, quizá sean cartas, todas las cartas de amor escritas por alguien durante un tiempo y enviadas como una sola correspondencia. Me ofrezco, yo iré para realizar el intercambio. Juanito se disculpa conmigo, yo le ofrezco una frase de cajón, “todo pasa por algo”, no se preocupe.


Claro, utilizo el ascensor, descenso rápido hasta el primer piso en mi torre, caminar por el interior del conjunto, esperar al ascensor y subir dentro de él hasta el cuarto piso. Timbro, siento un poco de temor al suponer que no le hayan advertido acerca de mi presencia, sin embargo ella abre y saluda, “buenas noches”. Digo, “buenas noches”. En su mano izquierda están mis libros, ella ofrece disculpas porque rompió la envoltura, según dice no se fijó en las datos de remitente y destinatario escritos sobre el papel, dio por sentado la precaución del portero en entregar a cada persona lo propio, no lo ajeno. Respondo con un tranquila, que en el fondo quería decir: “tranquila, te has dado cuenta de que soy un lector de ciencia ficción y de filosofía moderna, puedo hablarte de ello cuando quieras, además, podría prestártelos o sentarme en el sofá de tu sala para leerte en voz alta cada uno de ellos”. Le paso su paquete sellado como me lo habían entregado, recibo mis libros con la envoltura rota. Digo gracias, y también es una palabra con un sentido invisible y oculto, realmente estaba diciendo: “podrías ofrecerme un café y disculparte con ello por haber roto la envoltura de mis libros y haberte enterado de la intimidad de mis lecturas.” Después de sonreír al decir gracias, pronuncio las palabras siguientes, mi capacidad de síntesis expuesta al máximo, hasta mañana.

He dado cuatro pasos y María dice, “disculpa, es que me produce curiosidad ver a Žižec en el mismo espacio con Bradbury”. Doy media vuelta, respondo como el autómata que soy, “es que los dos enumeran lo inexistente, confiando cada uno en ser capaces de ofrecer lo que ocurra en el futuro.” Y sí, creo en eso, pero podría haber respondido de otras maneras, como lo hizo ella, “vale, bien pensado, podríamos conversar de eso mientras tomamos café”. También ella como yo estaba diciendo otras cosas, las que pudimos decirnos tras una copa de vino y una tanda de música unos días después en el bar de la esquina.

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