Gato uno. Yo cero.

El señor gato, quien es el mismo minino mimado por mis sobrinos, llamado por mí con esa designación usada con los humanos por una diferencia de posiciones acerca de quién debe ocupar la cama. Lo observé primero en la tarde, en posición extendida sobre las sábanas, como una liga de caucho que puede estirarse sin posibilidad alguna de quebrarse. No hubo discusión, apenas un empujón fue necesario para que tras un movimiento saltara desde la orilla al piso. La manera correcta de haber evitado lo ocurrido posteriormente era cerrando la puerta, cosa que va en contravía de lo aprendido en mi casa, ‘las habitaciones estarán abiertas hasta que pasen dos cosas, alguien está durmiendo o alguien está haciendo algo malo’.
Yo salí a caminar un poco para recorrer las calles del barrio, ver el rosal de la vecina en la esquina, encontrarme con los ebrios en el bar, comprar una empanada en la cafetería, adelantarme, después de saludarlos, a unas amigas con la misma edad de mi madre, quedarme un rato de pie en el centro del parque, y devolverme por la misma ruta, eso sí, recibiendo un trago de los habitantes del bar, y teniendo una charla ligera con una vecina de mi edad a quien la soltería le parece un asunto de hechicería, entonces sabiendo del hechizo que tengo, volví a casa y al sentarme en la cama reconocí una tibieza en el centro de ella.
Quizá dormí unos veinte minutos, tiempo suficiente para alejar el cansancio por la caminata y la pesadez por el trago que no fue uno sino cuatro, uno por cada bebedor conocido.
Al despertar, una piel me rozó el brazo izquierdo, dí un salto, no tan ágil como el del gato, y quedé sentado en el borde de la cama asustado, no sólo por la sensación producida por la rapidez con que el gato pasó de tocarme el brazo a saltar sobre mi cuerpo, también por las tres o cuatro maldiciones que salieron de mi boca. Una explicación no pedida, eso di para advertir las razones por las cuales mi lenguaje había surtido, quizá está vez si un hechizo, un cambio tan drástico.
Me quedé sentado cerca de la puerta para evitar que el animal pasara a dormirse en la cama, cosa que hice de manera insistente, siempre una vez adelante a las que yo pasaba a bajarlo de la cama.
En la ocasión última, habiendo aumentado mi fuerza en la actividad de destronarlo de lo que él debió creer su trono, lo lancé hacia la puerta y él volvió con sus uñas abiertas y afiladas sobre este brazo arañado en el que la enfermera aplica medicamentos para evitar infecciones y cicatrices.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s