Errores caninos

En el altavoz del centro comercial la voz casi ininteligible emite un comunicado que dentro de sí lleva una advertencia: “Los dueños del automóvil de color negro con placas ABC123 por favor acercarse a información o directamente al auto.” Ese mensaje debí oirlo cuatro veces para entender que yo era su destinatario, y ya era tarde para haber ido sin molestia alguna hasta el sitio de información para estar enterado yo y solo yo de la situación presentada. Como no llegué a tiempo, al mensaje de urgencia sonó para todo el público, que así como yo debieron entender a la primera lo que decía: “El perro en el interior del auto con placas ABC123 está vomitando, estamos preocupados por su vida.”
Quizá antes de mi aproximación al sitio de información ya había concurrencia junto a las ventanas de mi carro, yo le aclaré a la mujer que el auto con las placas era el mío, sin embargo no debería estar dentro de él perro alguno. Pareció no escucharme, supuse que la voz ininteligible era la de ella, me respondió con alguna repetición mecánica de la cual ni ella era consciente.
Fui al parqueadero, me acerqué al auto, una concurrencia superior a veinte personas observaban y le hacían señales al perro para que se sintiera tranquilo, algunos decían cosas agresivas a nombre del dueño del automóvil, es decir, de mí, sin saber quién era yo estaban infringiéndome delitos morales. Atravesé la cadena humana, abrí la puerta, recibí los insultos, dejé salir al animal. El perro salió para lanzarse a los brazos del primer aparecido que estaba alrededor, y yo volví a cerrar la puerta, miré al vigilante, le dije que ese perro no era mío, no tenía idea de cómo se había metido dentro. Hubo alguien que me empujó porque no le ponía atención, tuve que hacerlo, sin entender lo que decía traté de explicarle, no quería entenderme y en cambio sí tenía un afán por empujarme. El perro seguía entre brazos, el vigilante decía por su radio que era necesario viniera la policía.
Yo pensaba, no quiero estar aquí, pero no puedo dejar esta vida, es la que me pertenece, este soy yo y nadie más vendrá a reemplazarme. Me moví para evitar los empujones, grité para explicar nuevamente acerca de la relación inexistente entre el animal y yo, y la inexplicable situación por la cual el perro estaba dentro. A nadie pareció importarle, la mitad de las personas se fueron, y de pronto el perro con ellos, a unos metros vi a dos policías que llegaban hablando por sus radios, cuando me hablaron preguntaron por la mascota, yo respondí con la misma ingenuidad que a los vigilantes del centro comercial, y ellos se aproximaron para decir lo mismo que habían estado repitiendo los curiosos alrededor de nosotros.
Los policías insistían en la mascota, los vigilantes y los curiosos no sabían a dónde había ido, yo tampoco. Los policías dijeron, si no está el perro no podemos acusarlo de nada. Yo dije, gracias, y me subí al auto para no querer volver más a este lugar.

Imagen de simpleclipsbyclicks en Pixabay

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