INSTINT-RTE 7

Raúl se acercó a Viviana, la invitó a tomar una bebida caliente en la
cafetería de la escuela. Se sentaron a charlar, al principio las
palabras redondearon lugares comunes, personas comunes, relaciones
antiguas, las clases, los profesores y los alumnos. Viviana miraba de
reojo el reloj, ella sabía que estaba perdiendo clase, sin embargo, los
ojos de Raúl parecían cada vez más un rollo de película que estaba a
punto de proyectar las imágenes.Meses antes Raúl había estado buscando una persona para que le ayudara
con el oficio de su casa, le recomendaron a una señora, una vecina la
había contratado un par de veces y su trabajo había sido excelente. Fue
durante seis meses, en los que iba dos veces por semana, al comienzo él
esperaba a abrirle, la acompañaba un rato y luego salía. Con las
semanas la confianza hacia la señora aumentó y le entregó un juego de
llaves, así la mujer iba, realizaba las actividades y luego cerraba con
llave la casa dejándola segura. Los ojos de Viviana daban vueltas sobre
el rostro de Raúl, observaba las manos, los gestos y cuando sentía que
la veía directamente a los ojos esquivaba la miraba y se apoyaba viendo
hacia la pared en donde alguien había colgado un afiche en el que un oso
polar llevaba un paraguas para protegerse del sol.

Un día, después de haber llegado borracho en la mañana a la casa, la
señora le llevó una cerveza fría, lo convenció de que para la resaca lo
mejor era un cerveza bien helada, el efecto fue el que le prometieron,
la resaca pasó porque él siguió borracho, con una ebriedad que le
recordaba las ansias sexuales con las cuales había quedado después de
bailar con unas compañeras de trabajo que no se acostarían con él aún
bajo la condición de ser la única opción para reproducirse y heredar el
tiempo a la raza humana. Después de otras cervezas el nivel de
conciencia, ya reducido desde la noche anterior, se hizo menor, un
coqueteo, otro y más tarde estaban los dos enganchados en una faena
sexual que repetirían dos veces por semana, Raúl habló con el jefe para
llegar esos días un poco más tarde, la excusa no era una mentira, debía
esperar y dejar instalada a la mujer que lo apoyaba con la higiene de la
casa, eso aunque cierto, el único motivo que tenía era atrasar por una
hora las tareas de la mujer, al final de esa hora la mujer empezaba con
el aseo, lo primero que hacía era recoger los condones y ordenar los
cojines del sofá o cambiar las sábanas de la cama, lugares en donde se
afanaban a satisfacer su atracción sexual.

Viviana insiste viendo el reloj, sabe que no podrá ir a la clase,
quisiera pensar que el profesor no vino y ella no deberá adelantar por
su cuenta lo que está exponiendo el profesor en ese momento.
Extrañamente recibe un mensaje en el celular, lo mira, Raúl hace caso
omiso a la desatención que ella tiene, sigue hablando, el mensaje es
mío, ‘mi amiga Diana trajo para tí sus elementos para pintura, ojalá
llegues a tiempo para conocerla’. No llegará a tiempo, de hecho,
llegará tarde, esa noche caminará por la calle escuchando la historia de
la que ha perdido el hilo al emocionarse por el mensaje. Las aventuras
sexuales que le están narrando le están produciendo un asco
inconfesable, no sabe por qué, no le interesa, deja que él siga, lo
anima a continuar para que se concentre y termine rápido la historia.

Los compañeros de clase salen, algunos pasan por la cafetería, todos
salen, ella con Raúl, van caminando por la calle, será casi una hora
caminando mientras escucha toda la historia. La señora empezó a dejar,
de manera descuidada al comienzo y luego con un propósito específico,
ropa interior al principio, después una blusa, luego un vestido, al
final, había varias prendas femeninas en el closet de él. Viviana le
dice a Raúl que le parece hermoso que haya logrado tener una relación
importante a partir de un encuentro casual, incluso lo felicita, ella
quiere cerrar la conversación e irse, no lo hace porque recuerda que en
el pueblo él la escuchaba aún cuando ella suponía que sus historias eran
triviales.

Raúl mira a Viviana, hace una mueca, se queda quieto, levanta los brazos
y vuelve a caminar junto a ella. Una noche, la mujer lo esperó, Raúl
creyó que era parte de los juegos sexuales, tuvieron sexo como si
hubiesen fuesen adolescentes, ella llevaba una botella de whisky que
fueron bebiendo al mismo ritmo con el que se enfundaban el uno en el
otro. A la mañana siguiente, la mujer no estaba, tampoco su ropa en el
closet, a cambio de ello había una carta en la mesa, la leyó, al
terminar de hacerlo salió corriendo hacia el cuarto al lado, tal como lo
decía en el papel, la mujer le dejaba a sus dos hijos de siete y nueve
años para que los cuidara, ella se iba a buscar aventuras económicas,
confiaba en él y sabía que sus hijos no pasarían hambre.

– Con quién están los niños ahora ?
– Una señora los cuida cuando yo tengo que venir a la escuela en la
noche.
– Informaste del caso a la policía?
– Sí, pero los policías, y luego los de bienestar familiar, le dijeron
que él debía comportarse como su padre, la señora había llevado, días
antes, una certificación firmada en notaría indicando que ellos eran
pareja, de manera que él se podía hacer cargo de sus hijos, hijastros
decía, mientras ella volvía de su nuevo trabajo.

Raúl insistió en llevarla en su auto, ella en lo contrario, prefirió el
autobús, se subió en él, tomó el celular y envió un mensaje, ‘apenas voy
para el apartamento, me esperas despierto ?’, yo le contesté que mi
amiga ya había salido, yo estaba leyendo “Memorias de Adriano”, y la
esperaría despierto. En el autobús pensaba en la mujer, en sus clases,
en la ruta, en mí, en el trabajo, en la abuela que llamaba al
contestador, en su jefe que siempre iba con prisa. En el autobús tomó
un lapiz y empezó a dibujar en uno de sus cuadernos la imagen de su
rostro reflejada en el vidrio de la ventana. Terminó apenas estaba a
punto de bajarse, entonces, en vez de escribir su nombre para marcar el
dibujo, escribió en él, a quien ves a la de vidrio que solo existe por
la luz, a esa frágil apariencia que se refleja en los espejos, o vez a
la de carne que se fatiga y emociona, que se agita y se aquieta.

En el apartamento hicimos una fiesta con las pinturas y el caballete,
con algunos libros sobre pintura moderna, con los lienzos, con cada uno
de los obsequios que Diana había dejado para Viviana. Diana viajaba a
México, migraba, se había decidido a vivir en Guadalajara con el hombre
que la había convencido de abandonar la soltería, para su viaje no le
harían falta sus amadas posesiones artísticas, allá, en un viaje
anterior, había comprado lo que necesitaba para seguir pintando.

A las dos de la mañana el sueño hizo su parte con cada uno de nosotros,
Viviana pasó hasta mi baño, me pidió que solo entrara a él cuando ella
hubiese salido para el trabajo, así lo hice. Al levantarme había aroma a
café, ella había preparado suficiente para los dos, dejó una taza para
mí sobre la mesa, un plato mantenía la temperatura, empecé a beberlo y
recordé el mensaje, fui hasta el baño y en el espejo estaba el dibujo
que había realizado en el autobús. No tuve respuesta para la pregunta,
tomé el dibujo, salí del baño, miré hacia el televisor, en frente de la
cama, y sobre la pantalla lo pegué, allí estuvo por dos semanas, el
tiempo que estuvo Viviana sin entrar a mi cuarto, cuando lo hizo se
sorprendió de encontrarlo ahí, lo quitó y lo llevó al espejo nuevamente.

Oscar Vargas Duarte

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